ObamaWORLD

martes 8 de diciembre de 2009

Me como las narrativas con patatas

Obama cumple pronto un año de presidente. Han empezado los resúmenes de su labor. Hay ejemplos para todos los gustos. Desde los que ven el mejor primer año desde Roosevelt hasta los que enumeran la lista de errores. Estos repasos se llaman narrativas. Son hechos que se enganchan y forman una historia. Una historia que suele ser irreal y que yo me la como con patatas. Ocurre sin parar. Con Obama y con muchos otros.

Los periodistas damos noticias cada día. A veces son cosas aisladas: un asesinato doméstico, un partido de fútbol, un terremoto. Pero otras son pequeñas ramas de un tallo: una votación, un discurso, un atentado. El tallo es la narrativa. A veces la narrativa está clara: si en Irak mueren cien civiles al día, la guerra va mal. Pero la mayoría de las veces son noticias reunidas al tuntún. Quien domina la narrativa se lleva el éxito. Los periodistas presumimos de controlar la narrativa. A veces lo hacemos adrede para dominar la opinión pública. Otras simplemente sin saberlo.

Hay muchos ejemplos de narrativas: la Unión Europea, por ejemplo. Ahora iría mal. La elección de Van Rompuy y Ashton y las dudas británicas encajarían bien en esa narrativa. Otra muestra es el gobierno de Zapatero. Hace tres días que El Mundo da una narrativa del gobierno. “El desánimo político cunde”, titulaban ayer. Dan su visión: Salgado falló en el debate de los presupuestos, Soraya ganó a De la Vega por el Alakrana, Zapatero no supo lidiar con la economía sostenible. Bueno, es posible. Pero en la misma información, El Mundo dice que la sensación de moral baja se da “pese a que no se pierdan votaciones los martes, se aprueben los proyectos de ley los jueves, y se da una cierta imagen de estabilidad”. Otro periódico podría haber hecho justo lo contrario: destacar las votaciones y minimizar la sensación de desánimo.

El mundo entero es una narrativa. Sólo hay que preguntar la opinión de alguien acerca del cambio climático, la energía nuclear o China. Siempre hay algo que decir. Es cierto que hay casos obvios. Un país con mucho paro, sin crecimiento, con tres gobiernos en un año, va mal. Pero aún así, la narrativa surge en seguida: ¿cuándo saldrá de la crisis? Y a inventar. Yo del periodismo me fío sólo para algunas cosas; para esta no.

Aquí me ocupo de Obama. Las narrativas sobre Obama son espléndidas. Podría crear ahora mismo dos, sin esfuerzo. Una la titularía “Obama no da la talla”. Daría estos datos: Guantánamo sigue abierto, al menos una vez por semana el presidente ordena asesinatos en Pakistán con aviones sin piloto con peligro para civiles, en Bagram hay una cárcel negra, no recibió al Dalai Lama, se acobardó ante Rusia, no levantó la voz contra Irán, hay más paro, no ha conseguido nada contra el cambio climático.

Pero también podría titular: “Obama cumple”. Y decir: afronta valiente el reto de Afganistán, está a punto de firmar la reforma sanitaria, la imagen de Estados Unidos en el mundo árabe mejora, no instaló el escudo antimisiles en Europa del este, lucha contra las armas nucleares y la economía americana crece. Las dos narrativas son verdaderas, aunque haya cosas contradictorias. Pero eso no es todo. Podemos coger la narrativa buena y decidir que es la más justa. No basta. ¿Cómo saber si todo eso hará que Estados Unidos mejore? ¿Quién sabe si la reforma sanitaria será para bien? ¿O la diplomacia en Irán? Es difícil.

La solución a la narrativa es más y mejor información. La información no es barata ni a veces fácil de encontrar. La narrativa -como las novelas- sale de la manga. Todos tenemos una opinión. Si me preguntan cómo va Obama -que es algo que debería saber, supongo- suelo decir: “Hace lo que puede”. A veces imagino qué diría el mismo Obama si le pidieran cómo va su presidencia. O si me preguntaran a mí cómo va mi vida; eso sí que sería una narrativa.

Cuando alguien me suelta una narrativa, ya preparo un platito con patatas y un poquito de sal. La narrativa es literatura. No hay nada más sabroso. Las cosas serias, en cambio, las leo con un café solo.

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