ObamaWORLD

jueves 17 de diciembre de 2009

Aprende, Europa

El sistema político de Estados Unidos es mejor que el de cualquier país europeo. Sólo aceptaría discutir esto con alguien que defendiera el modelo inglés. No me importaría perder. El sistema parlamentario inglés también es magnífico, pero en Europa nadie les imita. Es una desgracia para los votantes europeos.

En Estados Unidos se debate estos días la reforma del sistema sanitario. Es un buen ejemplo para ver cómo funciona. Cuando la aprueben explicaré cómo será la sanidad americana. Hoy quiero contar las ventajas del proceso de aprobación.

El proyecto de ley está ahora en el senado. Se debate. Cuando crean que tienen un texto definitivo, votarán. Los demócratas necesitan 60 votos -de los 100 que hay-, justo los representantes que tienen, aunque dos sean independientes. Uno tiende hacia los conservadores, Joseph Lieberman, de Connecticut. El otro es más progre de lo habitual, Bernie Sanders, de Vermont.

Antes de llegar al senado, la ley pasó por el Congreso. Fue aprobada por un solo voto, de los 435 miembros que hay. Esa ley es la que ahora cambian los senadores. Cuando la aprueben, las dos cámaras deberán ponerse de acuerdo para el texto definitivo. Entonces Obama lo firmará.
El proceso es similar al de todas las democracias. A grandes rasgos, el poder legislativo discute y aprueba lo que el gobierno ejecuta. La diferencia, sin embargo, es la importancia de cada uno de los miembros. Estos días Joseph Lieberman es el centro de la vida política americana. De su voto depende que haya ley. Su importancia es enorme. Hay, sin embargo, otros senadores con ese poder en los dos partidos: Blanche Lincoln, de Arkansas; Ben Nelson, de Nebraska; Mary Landrieu, de Luisiana; Olympia Snowe, de Arkansas. Depende del tema y de su interés, un senador puede hacer valer su independencia y el peso de las opiniones de sus votantes. No es lo mismo ser senador demócrata en Maine que en Arkansas. Igual que no es lo mismo ser popular en Cataluña que en Valencia. Es parecido, no igual. La diferencia es enorme.

Sé senadores americanos de memoria y no soy capaz de nombrar más senadores españoles que Leire Pajín, porque acaba de llegar, y Montserrat Candini, porque la conocí el otro día de casualidad. Es grave. El motivo es sencillo. Los senadores americanos se deben sobre todo a sus votantes y pueden desmarcarse de la línea del partido si quieren. Pueden hacer lo que les parezca y son los únicos responsables. (Lieberman votó por la guerra de Irak, el ala progre apoyó en las primarias demócratas del año pasado a otro candidato y ganó. A las elecciones para senador de Connecticut Lieberman se presentó como independiente y ganó. Está claro que Lieberman representa sólo a sus votantes; más claro, el agua.) En España, los senadores -y todos los demás- se deben al dedo que les pone en la lista electoral: su jefe de filas. Los votantes debemos quedarnos con la lista entera. Es injusto. Yo voto a un partido, pero me gustaría poder no votar a algunos de sus miembros.

Es un problema notable, pero no el peor. En Estados Unidos es normal que un político disienta del líder del partido, aunque sea el presidente. No pasa nada. Un partido es un grupo de gente reunida para gobernar. Eso no significa que tengan la misma opinión en todo. En España, tampoco, pero dan la impresión de que en España sólo hay diez voces, una por cada partido político con representación parlamentaria. Dentro todos hablan y votan al unísono. Esto hace que si sabemos de alguien que vota a los socialistas le adjudiquemos todas las características del partido socialista. Es ridículo. Ese partido es un paraguas donde unos simpatizan en lo económico y otros en lo social y otros en todo. No están de acuerdo en cada punto. Esa imagen monolítica es inútil y perjudicial para el debate y la vida pública. Cada persona piensa. Un partido es una suma de personas pensantes, no un ejército.

Este sistema militar tiene sus ventajas, como todo. Me decía Ramón Jáuregui que este modelo hace el sistema más previsible. Facilita la vida a los fontaneros del partido: hablan con el jefe de filas rival y ya saben qué votarán todos. No hay que preocuparse de la disciplina; se da por hecha. La política no es el arte de lo previsible, sino de lo posible. Estaba bien este sistema para una democracia débil, como la de la transición. Ya es hora de pensar en cambios.

Es cierto que en Estados Unidos una persona puede llegar a tener un poder enorme. A Lieberman ahora nadie le tose y su peso en la redacción final de la ley está sobredimensionado. Es un riesgo menor. Sea como sea, será la opinión de una persona que podrá defenderla, no la de un partido etéreo. La ley saldrá adelante, con los retoques que sean necesarios: dará más equilibrio y solidez. Según Los Angeles Times, “La legislación mejora mucho a medida que se acerca a la meta”. El peso conservador en este caso de Lieberman es clave. El Partido Socialista catalán ha dado libertad a sus miembros en las consultas independentistas y en la prohibición de los toros. Se quitan de encima las molestias de tener que decidir sobre temas espinosos. Es feo. La valentía se demuestra en la votación de los presupuestos o en el aborto.

Las listas abiertas o la elección directa de diputados sería la solución más sencilla a este defecto europeo. Cuando hablo de esto con políticos de aquí, son escépticos. “No es tan fácil”, me dicen, y quieren decir: “Qué pereza”. Me dan los argumentos de siempre: la falta de tradición, la dificultad de adaptar la novedad. No valen. No digo que nuestros políticos sean malos, sino que el sistema no les ayuda a lucirse ni a ser personas con responsabilidad pública. Su opinión no cuenta, sus ideas pesan poco, sólo manda el partido, ¡y son diputados! En Estados Unidos he ido varias veces de puerta en puerta con políticos que buscaban la reelección. No hay mejor lección de humildad que presentarse en casa de un vecino a ver qué le preocupa e intentar convencerle de algo. Y que te cierren la puerta en las narices, si es necesario. Aquí, en España, en Europa, sólo quieren convencerme los líderes. No los conozco, se repiten y me cansan. Tenemos que aprender de los americanos.

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Obama exige más a su hija que a su gobierno

Obama se dio el otro día un notable alto en su primer año de presidente. En este vídeo de hace un mes cuenta que su hija le trajo un notable a casa: “Lo he hecho bastante bien”. Y Obama: “No, no, no, el objetivo es el sobresaliente. Empezó a internalizarlo y dijo que cambiaría el método de estudio. A la siguiente, llegó con un sobresaliente. Y esto es lo interesante, me dijo: es que me gusta tener conocimientos “. De tal palo, tal astilla. A ver cómo mejora ahora Obama el año que viene, y eso que se pone la nota a sí mismo.
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    […] bipartidista. Los partidos no son bloques de cemento armado impermeables a la disensión; lo conté aquí. Cada diputado tiene su opinión. En el discurso del estado de la nación era curioso ver quién […]

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