La reforma sanitaria pasó la votación en el Senado. El proceso ha sido largo y aún no ha terminado del todo. El otro día hablaba aquí de lo bien que funciona el sistema político americano y por qué me gusta. Hoy tocan los defectos. Estos días ha destacado uno, enorme: la independencia de los senadores hace que a veces tengan un precio. El voto de los senadores americanos se puede comprar.
La propuesta de reforma de la sanidad llegó al Senado desde el Congreso. Cada Estado tiene dos senadores; no importa su tamaño. California tiene 38 millones de habitantes y dos senadores; Montana tiene un millón y dos senadores (en cambio en el Congreso hay 53 escaños de California y uno de Montana). El poder de los Estados de poca población en el Senado es enorme.
Los senadores más conservadores recibieron la reforma sanitaria de uñas. La medida incluía la opción pública: que el gobierno ofreciera la posibilidad de asegurar a gente como hacen las mutuas privadas. Para los conservadores esto tenía dos problemas: competencia desleal y aumento del déficit público. Los demócratas tenían que conseguir 60 votos como fuera. La republicana Olympia Snowe había decidido que no iba a votar a favor de la medida como hizo hace unos meses. Ni un sólo republicano iba a apoyar la reforma. El líder demócrata, Harry Reid, no podía dejar escapar ni un solo senador. Había dos posibilidades para convencer a los posibles disidentes: hacer una ley a su medida o favorecer a su Estado a cambio del voto. Se eliminó la opción pública y senadores como Lieberman quedaron satisfechos. Pero faltaba sobre todo uno: Ben Nelson, de Nebraska.
Atravesé Nebraska hace un año, en coche. Su ciudad más importante, Omaha, tiene un centro histórico con cuatro calles llenas de tiendas de discos, libros y cafeterías, todo sinónimo de liberalismo en América. Al salir de allí, el páramo: carreteras largas, algún rancho, pocos coches, carteles contra el aborto. Omaha es una isla demócrata en un mar republicano. Nelson está en el Senado gracias sobre todo a esos votos de Omaha. Es un demócrata que viene de un Estado conservador. Tiene que hacerse valer para ganar la reelección. Primero pidió que no hubiera fondos públicos para el aborto. Se le concedió. Luego empezó a pedir dinero para su Estado. Más fondos para el Medicaid, el programa de sanidad pública gratis para pobres. Y más. Pero no ha sido el único. Max Baucus, de Montana, obtuvo dinero para un pueblo con gente afectada por el amianto. Aquí y aquí hay buenas listas del reparto con detalles.
Esto es lógicamente un escándalo enorme. Pero es tan habitual que sólo se rasgan las vestiduras los que pierden la votación, esta vez los republicanos. Tiene hasta un nombre -pork, cerdo- y casi todas las leyes incluyen millones para los senadores espabilados que se hacen valer -aunque hoy por ti, mañana por mí. Un senador veterano y con más influencia conseguirá siempre más dinero. “Este proceso no es legislación; es corrupción. Es una vergüenza de que el único modo por el que lleguemos a consenso en este país sea por la compra de votos”, ha dicho el republicano Tom Coburn. David Axelrod, asesor de Obama desde la campaña, dijo el domingo en la CNN que esto es natural: “Cada senador usa la influencia que tiene para ayudar a su Estado. Así ha sido siempre y así será”. Es increíble.
Cuando las cosas son tan graves y evidentes como con Nebraska, se confía en algún modo que los favores excesivos lleguen a evitarse por otros caminos administrativos. No es seguro. De esto se quejan los republicanos, hoy perdedores. Pero los demócratas también tienen su lamento, por tener que arrastrarse para conseguir pasar una ley: el país necesitaba una reforma de la sanidad, que a largo plazo llevaba al país a la bancarrota. El presidente había aceptado no destruir todo el sistema para trabajar con lo que había en deferencia con los republicanos; su jefe de gabinete, Rahm Emanuel, insistió en trabajar con los hospitales y los lobis farmacéuticos. Es probable que sin eso la reforma no hubiera llegado hasta aquí. Pero aún así, ni un sólo senador del Partido Republicano y sólo un congresista han apoyado la medida. Y por un voto, aún pueden derribarla. Si un senador demócrata se pone enfermo y no puede ir a votar no habrá ley.
Con sólo 40 votos, la minoría de la cámara puede derrumbar cualquier ley. Muchos creen que es un poder exagerado. Pero hay que ir con cuidado: cuando este poder impide que sea George W. Bush el que nombre a jueces que no nos gustan, parece más útil. En otros países el bloqueo es de mayoría simple, más fácil. La supermayoría de 60-40 facilita el filibuster -así llaman el bloqueo- americano. Lo quieren cambiar, pero es difícil que se pongan de acuerdo para eliminarlo. Esto ha demostrado que los partidos están más separados ideológicamente que nunca. En los años 60, la amenaza de filibuster sobre una ley se dio un 8 por ciento de veces; en los 80, un 27 por ciento. Desde 2006, un 70. Las causas de esta separación progresiva de los partidos las contaré otro día. Es fascinante.
A la ley sólo le quedará que los demócratas del Congreso y del Senado acuerden un texto definitivo para que pueda pasar de nuevo por las dos cámaras. Ahora el problema no serán los conservadores, sino los progresistas. Los conservadores tienen lo que querían y dicen que si se toca una coma, tumbarán el proyecto. Obama, pues, tiene que contentar a los progres sin cambiar una ley que gusta a los conservadores. ¿Cómo lo hará? Fácil: dará a los progres algo a cambio, una contrapartida. ¿Un sobornito? Bueno. Esto sólo ha sido el principio. El año próximo viene cargadito de leyes: cambio climático e inmigración. Y elecciones al Congreso en noviembre. Habrá más lío.



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