ObamaWORLD

martes 5 de enero de 2010

Una historia de terrorismo

Umar Faruk Abdulmutallab nació el 22 de diciembre de 1986 en Nigeria. Fue el hijo número 16 -el último- de las dos mujeres del polígamo Alhaji Umaru Abdulmutallab, presidente del consejo de administración del First Bank Nigeria. Su familia procede de Funtua, en la región del estado mayoritariamente musulmán de Katsina. Faruk estudió interno en la British International School de Lomé (Togo): “Las once casas de los internos son edificios grandes y confortables. Todas tienen teléfonos y pueden recibir llamadas”, dice su web. Allí se estudia el currículo británico y cuesta 25.000 dólares al año. Hay alumnos de 34 países, 17 de ellos africanos. En esos años, Abdulmutallab viajó al menos una vez a Londres con el colegio. Dentro de la escuela, con 13 años, vivió el 11 de septiembre de 2001. Según ha declarado un compañero “después de aquel día defendió las acciones de los talibanes y decía que habían sido provocados. Todos pensábamos que bromeaba, pero se mantenía firme”.

En 2004 se graduó e hizo su primera visita a Estados Unidos, a los alrededores de Washington. Entre 2004 y 2005 pasó un año en Yemen.  Quería estudiar árabe. Según un profesor, “era más o menos secular”. En septiembre de 2005 empieza en Londres a estudiar ingeniería mecánica en el University College London. Fue el jefe de la Sociedad Islámica de la Universidad y vivía en el elegante barrio de Marylebone . Se graduó tres años después, en junio de 2008. El 12 de ese mes pidió en la embajada americana de Londres un visado multientrada para Estados Unidos. Se lo concedieron días más tarde; sería válido hasta el 12 de junio de 2010. Hizo entonces su segundo viaje a Estados Unidos: fue a un seminario de dos semanas en el Instituto AlMaghrib de Houston, un centro educativo musulmán.

Abdulmutallab sigue sus estudios en Dubai con un máster de la universidad australiana de Wollongong. Según el centro, estudió allí desde enero hasta el verano de 2009. En mayo, Reino Unido le denegó un visado porque la escuela que ponía en la aplicación no tenía la aprobación del gobierno.

Según uno de los quince hermanos de Faruk, sus “opiniones extremistas sobre religión” habrían provocado una pelea con su padre, de 70 años. El joven Abdulmutallab abandona Dubai y va a Yemen a estudiar árabe y un curso de siete años sobre la sharia. Es el mes de agosto. El profesor que cuatro años antes lo había visto como secular dice ahora que “se dedicaba más a la oración y al islam”.

En la única declaración pública que ha hecho la familia, hablan de “la desaparición y cese de la comunicación” con Faruk. El padre incluso pudo haber intentado ir a Yemen a hablar con su hijo; la embajada yemení lo habría impedido. El padre esperó noticias de su hijo hasta octubre. Entonces se puso primero en contacto con las autoridades nigerianas. Luego, el 19 de noviembre, fue a la embajada americana. El encuentro hizo que los encargados de la delegación mandaran un mensaje al Centro Nacional Antiterrorista de Washington sobre Abdulmutallab. Allí concluyeron que no había “sospechas razonables” para deducir que era terrorista. Su nombre no pasó a una lista que le impidiera volar ni se le revocó el visado.

El 7 de diciembre, con el visado de estancia en Yemen caducado, Abdulmutallab voló hacia Etiopía. No se sabe por qué pudo salir con el visado caducado sin problemas. El 17 de diciembre compraba en la oficina de KLM del aeropuerto internacional de Accra, Ghana, un billete Lagos-Amsterdam-Detroit. Pagó 2.831 dólares en metálico. El 22 de diciembre cumplía 23 años. El 24 se embarcaba en el aeropuerto de Lagos (Nigeria) sin facturar equipaje. Llevaba una mochila al hombro.

El aeropuerto de Lagos no detectó nada extraño. El de Amsterdam tampoco. Abdulmutallab entró en el avión sin dificultades. Cuando quedaba poco para aterrizar, estuvo unos veinte minutos en el baño. Al volver dijo a su colega de fila que se encontraba mal de la barriga. Sacó una jeringa con un líquido acelerante y lo inyectó en una bolsa con 85 gramos de tetranitrato de pentaeritritol. Se oyó el ruido de un petardillo y empezó un incendio. Un pasajero holandés, Jasper Schuringa, se tiró a apagarlo. Abdulmutallab no opuso resistencia. Una azafata les regó con un extintor. Todo no duró más de un minuto. Un miembro de la tripulación preguntó a Abdulmutallab qué llevaba en la bolsa: “Explosivos”. El avión aterrizó en Detroit y la policía le detuvo. Desde entonces está en una cárcel federal en Milan, Michigan.

*

La secretaria de Seguridad Nacional, Janet Napolitano, y el portavoz de Barack Obama, Robert Gibbs, dijeron el domingo 27 de diciembre que “el sistema había funcionado”. Luego Napolitano aclaró que se refería al sistema había funcionado “después” de la alarma. El presidente Obama dijo en cambio que había habido “un fallo del sistema”. ¿Quién tiene razón?

Hubo dos problemas graves. Primero, que Umar Faruk Abdulmutallab pudiera subir a un avión. La prensa americana habla de puntos que no se unieron para detectar la amenaza. Estos son los principales: la Dirección de Seguridad Nacional tenía información de que “un nigeriano” planeaba atentar pronto en Estados Unidos y de que la Navidad sería un buen momento, se había interceptado una charla telefónica de un nigeriano -Abdulmutallab- con el imán al-Awlaki (también implicado con el autor de la matanza de Fort Hood), el padre de un nigeriano avisó a una embajada americana precisamente en Nigeria, el Centro Nacional Antiterrorista tenía su nombre y un nigeriano compró un billete en Ghana con dinero en metálico.

Son muchos indicios. Seguramente saldrán más. Ahora son muy fáciles de ver: “Cada dato, claro, parece distinto cuando sabes la respuesta”, ha dicho un funcionario de la inteligencia americana cuando le preguntaron por qué Abdulmutallab no estaba en una lista que le impidiera volar. Tiene razón. El hipotético error más claro en todo esto es la no revocación de un visado de alguien sospechoso de terrorismo. Le introdujeron en una lista de personas con posibles lazos terroristas con más de medio millón de nombres. Pero no se lo comunicaron al FBI (la CIA reúne información sobre todo del extranjero; el FBI investiga crímenes) y en la secretaría de Estado -encargada de los visados- no se enteraron. Esto pudo suceder por tres motivos: la creencia de que Abdulmutallab no era peligroso, la falta de comunicación entre departamentos y la cautela de muchos funcionarios ante los derechos civiles. Cuál pesó más ese día en que hubo que decidir sobre Abdulmutallab, hoy no lo sabe nadie. Quizá una mezcla de los tres. Una parte del sistema no funcionó bien.

El sistema actual americano de lucha contra el terrorismo es prácticamente idéntico al que se montó después de septiembre de 2001. Los cambios que ha traído Obama han sido en “la música ambiental”, dice el New York Times: “El tipo de lenguaje, el trato con los musulmanes, la fidelidad retórica al imperio de la ley y un cambio de tono respecto al todo o nada de la época del gobierno de Bush”. El resto, en seguridad nacional, ha cambiado poco: “Obama ha mantenido a muchos de los veteranos de la administración Bush en sus puestos”, dice el periódico.

Obama no esperaba que el terrorismo fuera una de sus obligaciones prioritarias. O al menos que lo fuera tan temprano. Su pose equilibrada pega mejor con cuestiones económicas o legales. El terrorismo, que requiere a veces calentones y cabreos, le queda peor. Ahora tiene una buena patata en la mesa. Tiene que ajustar una maquinaria que no montó él, pero que aceptó tal cual. Veremos por dónde sale.

Quizá a bote pronto alguien se la cargue y deba dimitir o le dimitan. Un candidato es el director de la Agencia Nacional Antiterrorista, cuya obligación es “el análisis y la integración de toda la inteligencia terrorista”, Michael Leiter, que está en el cargo desde 2007. Uno de sus jefes es Dennis Blair, encargado de la coordinación de toda la inteligencia americana. Por ahí podrían depurarse responsabilidades (además Blair está desde hace tiempo peleado con Leon Panetta, el director de la CIA).

El segundo gran problema del asunto es cómo alguien pudo embarcar con explosivos en la ropa interior. Esto es cosa de aeropuertos. Lleva días hablándose de dos tipos de escáneres -por rayos x y por sensores de ondas milimétricas. La fiabilidad que ofrecen los dos para detectar líquidos, productos químicos o explosivos plásticos es poca. Son materiales con una densidad demasiado pequeña. La finalidad de todos estos aparatos por ahora es intentar que los terroristas teman ser detectados en la puerta de embarque. Ya es mucho. Les obliga a llevar inventos que pueden fallar, como ocurrió en el vuelo 253. O deben imaginar soluciones peregrinas: por ejemplo, llevar el explosivo dentro del cuerpo, como ya se hace con la droga. Aunque para detectar eso también podrá haber pronto instrumentos.

La eficacia debe trabajarse sobre todo en la inteligencia. La seguridad en los aeropuertos es necesaria y debe ser estricta, pero cuando un terrorista llega allí, la suerte está casi siempre echada y logra pasar. Pocos atentados se han impedido en la puerta del avión. Como dice el New York Times, el reto general es que “el gobierno tiene que acertar el cien por cien de las veces, mientras que en el otro lado deben tener éxito sólo una”. Esto no es fácil para Obama ni para nadie. En Navidad todos tuvimos suerte. No siempre será así.

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Comentarios 2 comentarios

Comentarios

  • 06.01.2010 Manuel

    La gran pregunta es saber porque no hizo en el baño toda la operación. Aunque eso sólo lo puede responder él.

  • 07.01.2010 Jordi

    Manuel, esa es una de las preguntas que me hago yo. Sólo se me ocurre imaginar que los pocos gramos de explosivo que llevaba no eran suficientes para agujerear el avión desde el baño. Al lado de la ventanilla era más seguro. En estos días espero que se sepan más cosas.

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