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jueves 7 de enero de 2010

Cómo matar a un talibán desde Virginia con un algoritmo

He hecho una encuesta en Factual. He preguntado dos cosas: “Si supiéramos dónde está Bin Laden ahora mismo, ¿le tirarías un misil?” Si me respondían que sí, preguntaba esto otro: “¿Y si estuviera junto a diez niños?” Lo he preguntado a 15 colegas. Las respuestas, al final. En Washington, ya tienen resuelta esta duda. No sólo para Bin Laden, sino también para otros cabecillas de Al Qaeda y los talibanes. Sus vidas dependen en buena parte de un videojuego y un algoritmo en Langley, Virginia, sede de la CIA.

El reciente atentado contra los agentes de la CIA ha sido, dicen desde Al Qaeda, en venganza “por sus mártires”. El mensaje de reivindicación cita a tres muertos: Baitullah Mehsud, Saleh al-Somali y Abdullah Saeed al-Libi. Uno era el líder de los talibanes paquistaníes, el otro el encargado de las misiones de Al Qaeda en Occidente y el tercero un cabecilla libio. Los tres fueron asesinados con misiles lanzados desde drones, aviones sin tripulación. Los drones son un programa secreto de la CIA. Ningún funcionario americano ha reconocido abiertamente que existan, aunque según el New York Times es “uno de los secretos peor guardados de Washington”. Su razonable éxito sin embargo hace que cada día se sepan cosas nuevas, aunque las fuentes siempre sean anónimas.

El programa funciona en principio así. Hay tres fuentes para localizar a terroristas. La principal son las informaciones que recibe la inteligencia paquistaní de la población local. La CIA, por su lado, intenta confirmar esos datos con los vídeos que graban los drones en tareas de supervisión y con llamadas de móviles interceptadas. Cuando confirman identidad y lugar de un objetivo, un drone sale de una base de Afganistán o Pakistán y va hacia el objetivo. Desde el momento que despega, los controles los llevan desde la sede central de la CIA en Langley. Junto al “piloto” hay un agente de la CIA. Dirigen las acciones a través de una cámara que lleva el avión que, desde Virginia, se ve en una gran pantalla. El aparato se pilota con un mando. Es como un videojuego. Algunos agentes se ponen un uniforme de piloto, aunque sean civiles -hay entre ellos militares retirados. Pueden sobrevolar el objetivo durante horas antes y después de los ataques. Van a unos tres kilómetros de altura; es difícil detectarles desde el suelo. Cuando, con ayuda electrónica, se toma la decisión del ataque, disparan. Se ve una nube de humo y cuando se disipa, ruinas. Una vez identificado el terrorista puede esperarse a que vaya a algún lugar que dé más información o a que se separe de posibles inocentes, como su esposa e hijos.

Es complicado averiguar el origen de los objetivos. El Pentágono maneja una lista con 367 nombres que “deben ser asesinados o capturados”, según dijo en agosto un general sin identificar al comité de Asuntos Exteriores del Senado. La lista incluye a 50 señores de la droga afganos que financian actividades terroristas. No he conseguido saber nada más de esa lista, que la llaman algo así como “lista unida de objetivos integrados prioritarios”. Quién los ha puesto ahí, nadie lo sabe. No todas esas personas son objetivos de los drones ni lógicamente vivirán entre Pakistán y Afganistán, que es donde, que se sepa, actúan sobre todo los drones. Según se ha publicado estos días, los drones tendrían unos veinte objetivos en esa región, de los que ya habrían matado a 12. No hay ningún dato completamente fiable.

Los números sobre los drones son muy variables. Hay 44 países que tienen drones en el mundo, pero sólo los utilizan para matar Estados Unidos y Israel. Estados Unidos multiplicó su uso en el verano de 2008. Desde entonces, según AFP, habría habido más de setenta ataques y 665 civiles muertos. Otras versiones dan 53 ataques en 2009, con 508 muertes (según esta fuente, desde 2006 habrían muerto 94 civiles). Para las autoridades paquistaníes, en 2009 hubo 44 ataques y murieron más de setecientos civiles. Según un funcionario americano, en menos de dos años habría habido ochenta ataques, habrían muerto más de 400 militantes y sólo unos veinte civiles. Cuanto más busco, más diferencias.

La mejor prueba de la confusión es que ni tan sólo Estados Unidos sabe a ciencia cierta a quién ha matado. El ejército americano no tenía constancia de que el libio al-Libi estaba muerto. La reivindicación de Al Qaeda sería la única prueba. Aunque su muerte no habría resuelto mucho: el sustituto de al-Libi, Ilyas Kashmiri, es “quizá el comandante más capaz de Al Qaeda”, según un funcionario de la inteligencia americana.

Más allá de este baile de estadísticas hay modo de valorar a los drones. El uso de estos aviones es malo por tres motivos:

1. Los objetivos se deciden a dedo. No hay lógicamente ningún juicio previo a la decisión de matar a alguien con un drone. La lista del Pentágono la deben hacer militares. La de los objetivos prioritarios debe ser de la CIA. En estos procesos no se cumple ninguna regla del Estado de derecho. Las bonitas razones por las que se quiere cerrar Guantánamo aquí no se aplican. Este sería el mayor problema legal. Pero hay dos más. Primero, un terrorista es mucho más útil vivo que muerto. Un muerto no habla. Y segundo, los informantes pueden equivocarse, sin querer o adrede. No hay mejor manera de deshacerse de un vecino rival que con un chivatazo a la CIA. Aunque en la CIA dicen que la condena a alguien se decide sólo si hay dos fuentes que la confirman.

2. La guerra con drones es irreal. Los asesinatos con aviones sin tripulación son una tentación increíble para el poder. No hay sangre propia y ningún pacifista se manifiesta por las víctimas. La ampliación del programa puede no tener límites. Sólo aporta “beneficios”. Barack Obama dio permiso a principios de diciembre para ampliar este práctica. Obama dijo en su discurso inaugural que no antepondría la seguridad a los principios. Este programa es justamente lo contrario: la seguridad, primero. Estados Unidos tenía muchos reparos con los drones antes del 11 de septiembre de 2001. Los utilizaba sólo para misiones de exploración y criticaba a Israel por sus ataques selectivos. Las cosas han cambiado.

3. Los paquistaníes se quejan. Los ataques con drones vulneran la soberanía de Pakistán. Aunque es obvio que el gobierno de Pakistán los acepta tácitamente. Según una encuesta de Gallup, un 67 por ciento de los paquistaníes está en contra de estos ataques y sólo un 9 por ciento a favor. Pero, según dicen aquí, los habitantes de Waziristán estarían muy a favor de estos ataques. De hecho, en esas regiones se fían más de la precisión de los drones que del ejército paquistaní, menos delicado. Los talibanes y los miembros de Al Qaeda serían odiados por su crueldad. Estados Unidos debe, a pesar de todo, ir con cuidado. La colaboración de Pakistán es básica y si el programa de drones se les va de las manos, el gobierno podría dar un golpe en la mesa. Para 2010, además, se habla incluso de posibles incursiones del ejército americano por tierra. Pakistán debe estar dispuesto a colaborar. Si la población ve a Estados Unidos sólo como a un enemigo, será difícil.

Las ventajas del programa están claras. Ha sido un éxito: “Las acciones han sido muy efectivas y han desequilibrado a Al Qaeda y otras organizaciones extremistas islámicas. Creo que deben continuar”, ha dicho el senador John McCain. Y no hay otro camino. Los líderes de los talibanes afganos y de Al Qaeda están en Waziristán del norte. El ejército paquistaní está ocupado con sus talibanes en Waziristán del sur y no abrirán otro frente. Si Estados Unidos cree que debe eliminar a los cabecillas de Al Qaeda, no tiene hoy otro modo. Si esto es la guerra contra el terrorismo, matar a los soldados enemigos es un deber. Si mueren civiles, que mueran. Ya ocurrió así en el bombardeo aliado sobre Alemania.

Según las leyes internacionales, la legalidad estaría en los siguientes puntos: el uso de la fuerza debe ser necesario, no tiene que haber alternativas como la captura, los enemigos deben participar directamente en las hostilidades, la fuerza debe ser proporcional y el país soberano debe dar su permiso. Según quién lo mire, Estados Unidos cumple esos puntos.

*

La decisión pues está en el aire. El programa secreto de la CIA tiene ventajas e inconvenientes. ¿Hay que matar o no? En la CIA, según cuenta el New Yorker, tienen un algoritmo. Escribe la periodista Jane Meyer: “Algunas personas están aprobadas para que las maten sólo al dar con ellas. Para otras, se necesita permiso adicional. La situación de un objetivo entra también en la ecuación. Si una escuela, hospital o mezquita están en el radio del impacto, se sopesa con un algoritmo informático antes de que se dé la autorización de un ataque letal”.

La encuesta de Factual me ha dado estos resultados. De los quince, once han dicho que no dispararían; algunos me han dicho por qué, con dos posibilidades básicas: una, matar a Bin Laden no es la solución, o dos, hay que juzgarlo. Cuatro que sí atacarían. A ninguno de los cuatro les parece un atenuante que hubiera niños alrededor de Bin Laden.

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Comentarios 3 comentarios

Comentarios

  • 07.01.2010 M.

    “¿Y si estuviera junto a diez niños?”. Pues habría que ver a los niños.

  • 07.01.2010 HiHowAreYou

    Recomiendo la lectura de Forever Peace de Joe Haldeman. No es una obra magna de la Literatura, pero resulta interesante – y su premisa resulta horriblemente contemporánea. Y ya de paso, su más conocido, The Forever War.

  • 09.01.2010 Jordi Pérez Colomé

    Gracias por las recomendaciones.

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