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jueves 11 de febrero de 2010

Esto es América (2)

Yo me lo guiso yo me lo como

Esto me pasó hará unos diez años. Estaba en el albergue de Savannah, en Georgia, Estados Unidos. Volvía de cenar. Era todavía temprano. Fui a la cocina a ver si había alguien. Un hombre comía un sandwich. Tenía la cara redonda, era calvo, con gafas, gordito, de unos cuarenta años. Reía mucho y me animó a sentarme. Se llamaba Adam y era judío. Hacía un año que su mujer se había ido con sus dos hijos de la casa en que vivían, en Illinois, en la otra punta del país.

Adam había cogido una bicicleta y se había ido. Fue hasta California y bajó hacia el sur para pasar el invierno. Se detuvo en Phoenix, la capital de Arizona. Allí encontró trabajo en un lugar de lavado de coches. De día trabajaba. Cuando acababa iba a cenar a un restaurante chino y luego a un cine de esos que daban sesión doble. Después de las pelis montaba en la bici y salía de la ciudad. Phoenix había crecido en poco tiempo de la nada, así que sus confines estaban en alguna parte precisa; la ciudad no tenía en realidad “afueras”. Adam llegaba hasta el desierto, extendía su saco de dormir y se estiraba. Las noches del desierto son frescas, se ve. Miraba el cielo despejado, lleno de estrellas y dormía.

Adam estuvo allí unos meses. Luego siguió su trayecto. Yo iba de Boston a Miami. Nos cruzamos en Savannah. Le pregunté qué haría luego. No lo sabía, como es lógico. Estaba en Savannah de paso. No sabía dónde se asentaría de nuevo. Estaba muy orgulloso de haber hecho dos de las tres cosas que un hombre debe hacer en la vida: tener hijos, plantar un árbol y escribir un libro. Creo que es una tradición judía. A Adam solo le faltaba el libro.

La historia de Adam puede parecer extraordinaria. En Estados Unidos lo es menos. Solo la variante de la bicicleta da una nota de color a la aventura. Allí es habitual cambiar de ciudad, de profesión, de familia, si algo no funciona. Las novedades completas dan menos miedo. El despido asusta poco, por eso es prácticamente libre (eso también hace que las empresas tengan menos miedo a contratar; luego podran echar a la gente sin que les cueste mucho).

La nueva ciudad se parecerá en el fondo a la que se ha abandonado; los vecinos, también. Estados Unidos es grande como un continente pero se parece mucho de punta a punta. Estos cambios empiezan pronto, con la universidad, el ejército. Mucha gente se queda también donde nació, claro, pero se da menos que aquí. Siempre que hablo con alguien en América, le pido de dónde es. Casi nunca son de dónde viven.

Las autopistas de Estados Unidos están llenas de camioncitos de mudanzas de alquiler. Muchos llevan el coche en un remolque. Todas las propiedades de una familia están dentro. Van a buscarse la vida a miles de kilómetros, sin más.

Es una herencia del espíritu de los pioneros. Si uno puede apañarse solo, si puede buscarse la vida más allá, lo hace. Siempre parece que hay nuevas oportunidades para el que las quiera. Esto tiene consecuencias en otras parcelas: el Estado tiene a la fuerza un papel menor y la sociedad civil, mayor. Lo contaré en las proximas entregas de esta serie de “Esto es América” (la primera entrega, sobre la América profunda, está aquí).

La tradición cultural americana esta llena de este movimiento individualista hacia adelante. El cambio persigue sobre todo dinero, pero también otra cosa: libertad. Las películas del oeste son el mejor ejemplo de personas que dejaron todo para ir a por fortuna. Repartidas por los estados del oeste, hay pequeñas casas de madera, casi cabañas, con cartelitos donde se cuenta como vivió allí en el siglo XIX alguien que fue a buscar oro. Los indios, para su desgracia, tenían otros instintos.

Para la libertad, el mejor ejemplo, que ha calado incluso lejos de Estados Unidos, es En el camino, de Jack Kerouac. Su viaje sin nada, por nada, para nada, es el mejor ejemplo de la libertad que da el movimiento, la carretera. Estados Unidos es carreteras; el país esta hecho para el coche. Está además construido en parte sobre esa base de temporalidad, de que nada es para siempre. Muchas de las casas son de cartón piedra. Los negocios que hoy se empiezan no son para dejar a los hijos, sino para sobrevivir unos años.

La carretera es una metáfora ideal de esas aspiraciones. En una reseña reciente en el New Yorker de la edición americana más reciente de En el camino, el crítico Louis Menand acababa así:

Libros como En el camino tienen tambien una influencia distinta. Pueden, creamos o no que son gran literatura, metérsenos en el cuerpo. Dan contenido a la experiencia. Muchos años después de mis encuentros con Ginsberg [Allen Ginsberg, poeta y miembro de la generación perdida de Kerouac] en el dispensador de agua del departamento universitario, cogí un trabajo en Boston, a casi trescientos kilometros de Nueva York, y opté por subir y bajar en coche. Conducía de noche, para que el viaje no me comiera el día, y a menudo paraba a poner gasolina en un area de servicio en el Mass Pike, a unos ochenta kilómetros de Boston. Está bastante por encima del nivel del mar, en la base de las laderas de las Berkshires. Mientras ponía gasolina al lado del surtidor miraba las estrellas en el cielo frío y claro y los camiones que pasaban y el viento me daba en la cara; me gustaba imaginar que era un personaje de la novela de Kerouac, perdido para todos los que conocía y para los que me conocían, en un lugar de América, en el camino. Entonces me subía al coche y, ante el volante, mientras los camiones pasaban, y la radio temblaba, el sonido iba y venía, con hits de los setenta, empezaba el descenso hacia las luces de Boston, tarde en la noche, tarde en mi vida, solo.

La tentación de Menand es lógica y sincera. Quién no se ha imaginado así. Yo mismo, de jovencito, antes de conocer a Adam, en un viaje en un autocar Greyhound, desde Kansas a Denver -una de las ciudades míticas de En el camino-, con canciones de Bob Dylan en el walkman. Luego en los días siguientes, más buses y trenes, y lo que era más importante, siempre hacia el oeste, hacia California, hacia el mar, hacia lo que fuera. Pero siempre adelante. Nadie sabía nada, nadie se preocupaba, nadie preguntaba. Eso es de lo mejor que America puede dar -no es poco- y solo en América lo he vivido. Quién quiere más.

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Comentarios 3 comentarios

Comentarios

  • 11.02.2010 Joan Fuertes

    Desde luego, la libertad es una gran cosa.
    Sin embargo ¿no da un poco de repelús ese “siempre adelante” pero sin objetivos aparentes?
    Quizá porque soy ya un poco mayor y he sido afortunado con la familia que tengo y las amistades que cultivo, pero no sé si el camino americano es el mejor.

  • 13.02.2010 Jordi Pérez Colomé

    Es cosa de juventud, Juan. Tampoco es el camino americano. Es un camino más, pero más común que aquí.

  • 21.03.2013 Javier Borràs

    Algún otro libro aparte de “On the Road” para entender este espíritu americano?

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