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sábado 13 de febrero de 2010

Giacomo liga y las americanas hablan de Obama

Era el tercer día que cenaba en el restaurante Cecio, en Corniglia, en Le Cinque Terre, cerca de Génova (paso estos días en Italia). Las dos primeras noches sólo había otra mesa ocupada. Dos fontaneros, el jefe italiano y el ayudante macedonio, estaban unos días allí para hacer un trabajito. Ayer viernes se habían ido a casa. Su mesa la ocupaban dos mujeres. Hablaban en inglés, con acento americano.

El camarero, Giacomo -le cambio el nombre-, de 39 años, calabrés, calvo y feo, se las intentaba ligar. La noche anterior me había explicado sus artes con las señoras. Hoy, parece, me las iba a demostrar: “Yo soy feo, pero tengo un poder especial”, me decía, y movía la mano en círculos, como hacen tan bien los italianos. Las americanas tendrían sesenta años y se llamaban Peggy y Patrice. Viajaban solas. Habían estado en Londres, París, ahora estaban aquí, luego pasaban por Niza y volvían a California. “Es una aventura”, decía Peggy con cara de hacer algo malo.

Giacomo les contaba mentiras, una tras otra: era siciliano, tenía un hijo de 23 años -“no, de 21”, rectificó para jugar-, había sido gigoló en su juventud, tocaba el piano en la misa de 11 del domingo: “Soy malo por fuera pero bueno por dentro”, decía (antes se había asegurado que las americanas de iban de Corniglia antes del domingo a las 11).

¿Por qué les cuentas tantas mentiras y tan malditamente inverosímiles?, le pido. “¡Les gustan las mentiras y cuanto más grandes mejor!”, y reía. Estaba tan convencido de sus teorías. He visto sobre todo en italianos combinar una cara tan dura y un humor tan fino para ligar; sin ninguna vergüenza. Lo hacen de maravilla. “You’re sooo Italian!”, le dijo justamente Peggy a Giacomo. Durante el resto de la velada le llamaban “gigoló”. Parecía encantarles.

No sé si por diversión o por aburrimiento, las americanas me hicieron entrar en la charla. Me ofrecieron vino como excusa. Peggy trabajaba en IBM desde hacía 36 años, tenía dos hijos, de 28 y 23 años. Patrice era head-hunter -se dedican a buscar las personas adecuadas para un puesto de trabajo determinado- en el sector de la construcción. Antes había sido psicóloga. Las dos vivían en Newport Beach, al sur de Los Angeles.

Peggy había votado por Obama. Patrice, no. “Si soy algo, soy republicana, pero me definiría como independiente”, decía Patrice. No le gustaba Obama por dos cosas: porque sabe hablar, pero sólo lo utiliza para lo que conviene, y era por tanto incompetente para dirigir un país. No son razones muy originales sobre Obama.

Patrice concede sin embargo que Obama tiene algunas virtudes: es buen orador, es listo, me gustaría conocerle como persona. “Pero ahí pongo la raya”, dice. Esto de conocerle es un punto importante a favor de Obama. Los candidatos demócratas tienden a ser liberales alejados de la media americana. A John Kerry lo criticaron por preferir el vino a la cerveza -demasiado francés. Obama preguntó en campaña en un súpermercado por el precio de la rúcula. Nadie come rúcula en Estados Unidos, sólo los pijos. Por eso, que alguien crea que Obama es interesante como persona, más allá de este aire altivo, es notable. Aunque una californiana universitaria, por muy republicana que sea, no es exactamente el ejemplo de americana media.

Pero eso no quita que Obama sea demasiado “argumentativo”. “Eso no es bueno para un presidente; se ha visto a lo largo de la historia”, dice Patrice.
-¿Lo dices por Bush padre? -pregunto.
-¡Sí, porque el hijo seguro que no lo era! -bromea Peggy.
Peggy no está de acuerdo con nada de lo que dice Patrice. Pero procura callar. Esta es la única vez en que se reirá de sus motivos.
-Me refería a la historia en general, no a la historia americana -dice Patrice con aire de molestia. Prefiero parar aquí y no hurgar en la herida.

Les sorprende que yo sepa de política americana. “Es parte de mi trabajo”, les digo. “Ya -dice Patrice- pero es que yo no sé ni cómo se llama el presidente de España”. No es grave, la tranquilizo: “La influencia del presidente español es menor que la de vuestro presidente, sea quien sea”. Se queda más tranquila. Aunque no se sorprende ni me dice que no es cierto. Lo acepta tácitamente. Debe ser la pura verdad.

Vi luego a Giacomo en el bar Nunzio. Miraba el partido Milán-Udinese. No había tenido éxito, pero tenía una segunda oportunidad: el sábado noche.

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