Era el tercer dÃa que cenaba en el restaurante Cecio, en Corniglia, en Le Cinque Terre, cerca de Génova (paso estos dÃas en Italia). Las dos primeras noches sólo habÃa otra mesa ocupada. Dos fontaneros, el jefe italiano y el ayudante macedonio, estaban unos dÃas allà para hacer un trabajito. Ayer viernes se habÃan ido a casa. Su mesa la ocupaban dos mujeres. Hablaban en inglés, con acento americano.
El camarero, Giacomo -le cambio el nombre-, de 39 años, calabrés, calvo y feo, se las intentaba ligar. La noche anterior me habÃa explicado sus artes con las señoras. Hoy, parece, me las iba a demostrar: “Yo soy feo, pero tengo un poder especial”, me decÃa, y movÃa la mano en cÃrculos, como hacen tan bien los italianos. Las americanas tendrÃan sesenta años y se llamaban Peggy y Patrice. Viajaban solas. HabÃan estado en Londres, ParÃs, ahora estaban aquÃ, luego pasaban por Niza y volvÃan a California. “Es una aventura”, decÃa Peggy con cara de hacer algo malo.
Giacomo les contaba mentiras, una tras otra: era siciliano, tenÃa un hijo de 23 años -”no, de 21″, rectificó para jugar-, habÃa sido gigoló en su juventud, tocaba el piano en la misa de 11 del domingo: “Soy malo por fuera pero bueno por dentro”, decÃa (antes se habÃa asegurado que las americanas de iban de Corniglia antes del domingo a las 11).
¿Por qué les cuentas tantas mentiras y tan malditamente inverosÃmiles?, le pido. “¡Les gustan las mentiras y cuanto más grandes mejor!”, y reÃa. Estaba tan convencido de sus teorÃas. He visto sobre todo en italianos combinar una cara tan dura y un humor tan fino para ligar; sin ninguna vergüenza. Lo hacen de maravilla. “You’re sooo Italian!”, le dijo justamente Peggy a Giacomo. Durante el resto de la velada le llamaban “gigoló”. ParecÃa encantarles.
No sé si por diversión o por aburrimiento, las americanas me hicieron entrar en la charla. Me ofrecieron vino como excusa. Peggy trabajaba en IBM desde hacÃa 36 años, tenÃa dos hijos, de 28 y 23 años. Patrice era head-hunter -se dedican a buscar las personas adecuadas para un puesto de trabajo determinado- en el sector de la construcción. Antes habÃa sido psicóloga. Las dos vivÃan en Newport Beach, al sur de Los Angeles.
Peggy habÃa votado por Obama. Patrice, no. “Si soy algo, soy republicana, pero me definirÃa como independiente”, decÃa Patrice. No le gustaba Obama por dos cosas: porque sabe hablar, pero sólo lo utiliza para lo que conviene, y era por tanto incompetente para dirigir un paÃs. No son razones muy originales sobre Obama.
Patrice concede sin embargo que Obama tiene algunas virtudes: es buen orador, es listo, me gustarÃa conocerle como persona. “Pero ahà pongo la raya”, dice. Esto de conocerle es un punto importante a favor de Obama. Los candidatos demócratas tienden a ser liberales alejados de la media americana. A John Kerry lo criticaron por preferir el vino a la cerveza -demasiado francés. Obama preguntó en campaña en un súpermercado por el precio de la rúcula. Nadie come rúcula en Estados Unidos, sólo los pijos. Por eso, que alguien crea que Obama es interesante como persona, más allá de este aire altivo, es notable. Aunque una californiana universitaria, por muy republicana que sea, no es exactamente el ejemplo de americana media.
Pero eso no quita que Obama sea demasiado “argumentativo”. “Eso no es bueno para un presidente; se ha visto a lo largo de la historia”, dice Patrice.
-¿Lo dices por Bush padre? -pregunto.
-¡SÃ, porque el hijo seguro que no lo era! -bromea Peggy.
Peggy no está de acuerdo con nada de lo que dice Patrice. Pero procura callar. Esta es la única vez en que se reirá de sus motivos.
-Me referÃa a la historia en general, no a la historia americana -dice Patrice con aire de molestia. Prefiero parar aquà y no hurgar en la herida.
Les sorprende que yo sepa de polÃtica americana. “Es parte de mi trabajo”, les digo. “Ya -dice Patrice- pero es que yo no sé ni cómo se llama el presidente de España”. No es grave, la tranquilizo: “La influencia del presidente español es menor que la de vuestro presidente, sea quien sea”. Se queda más tranquila. Aunque no se sorprende ni me dice que no es cierto. Lo acepta tácitamente. Debe ser la pura verdad.
Vi luego a Giacomo en el bar Nunzio. Miraba el partido Milán-Udinese. No habÃa tenido éxito, pero tenÃa una segunda oportunidad: el sábado noche.
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