Hay dos cosas que sobre todo cuentan para el votante en polÃtica: la ideologÃa y el polÃtico. También hay una gran perdedora: la información.
El debate sobre la reforma sanitaria en Estados Unidos ha sido largo. Ha dado para ver muchas cosas. Algunas me han sorprendido. Por ejemplo, los ciudadanos no saben casi nada. No me refiero a los tejemanejes en las salas del poder, sino al contenido de las leyes que se debaten.
Las encuestas son un ejemplo notable. Un 43 se oponÃa a la ley y en cambio algunos puntos de la ley por separado recibÃan más del 70 por ciento de apoyo. La difusión que además tienen algunas frases inventadas es extraordinaria. Sarah Palin dijo que la reforma iba a implantar en los hospitales unos paneles de la muerte que iban a decidir qué ancianos morÃan. O que la ley iba a significar la llegada del socialismo a Estados Unidos. Causaron furor.
Una ley de más de dos mil páginas es un asunto complejo. Nadie va a ser capaz de explicarla ni entenderla en dos minutos de tele. Los caminos para decidir si estar a favor o en contra son otros.
Todos tenemos una visión instintiva de los grandes temas que nos rodean: guerra sà o no, impuestos más o menos, justicia dura o blanda, aborto legal o ilegal. Más allá de las dudas lógicas, la ideologÃa nos acerca sin remedio a un partido. Luego está el polÃtico. Por instinto vemos si podemos fiarnos de su juicio. Y le votamos. Sólo ahora, después de estas dos cosas que se basan en el instinto, llega la información. ¿Es mejor ir a la guerra o no? ¿Es conveniente subir más los impuestos para pagar esto o aquello? Esto es lo difÃcil. Es muy difÃcil. Incluso para quien se esfuerza en averiguar las respuestas es complicado. La respuesta idónea a los grandes problemas es difÃcil de desentrañar. Son muchas horas de trabajo para el periodista y de lectura para el ciudadano. La mayorÃa, como es lógico, pasa.
Al final, por tanto, la polÃtica es como los deportes: pasión imprudente por unos colores (ideologÃa) y jugadores de protagonistas (polÃticos).
La información polÃtica se basa en quién consigue más puntos. Todo es sobre el resultado, pero sin que haya partido. Es el único modo de atraer al público. Todo es sobre el juego polÃtico y no sobre la dificultad de gobernar. Para mà como periodista también es mucho más fácil describir una encuesta que descifrar una ley. Una encuesta sólo es ver quién gana y quién pierde e inventarse algunos motivos rupestres. Es un marcador más. También es fácil imaginar qué polÃtico está de moda y cuál pierde fuelle en una elección en lugar de analizar sus propuestas.
Los periodistas podemos hacerlo mejor. Pero es mejor no quejarse, ni cargarnos los muertos. Para quien la quiera, la información está ahÃ. Yo me muevo ahora por el mundo, pero estoy mejor informado de muchas cosas que un corresponsal en Washington.
La labor de gobierno y los detalles quedan para los interesados. Pero eso en unas elecciones, no se nota. Todos los votos valen lo mismo. No es un panorama ideal, pero por ahora no hay ninguno mejor. Una persona, un voto. No hay otra manera de medir y todos pagamos los impuestos que tocan. Tenemos el mismo derecho de escoger a nuestros empleados, los polÃticos, cuyo trabajo es sólo facilitar nuestra convivencia.
La ideologÃa tiene en suma un peso esencial. Es inevitable. La personalidad del polÃtico también es clave. No es injusto. El polÃtico tampoco suele ser un experto en nada. Debe acertar en sus consejeros, en su equipo. Si se le juzga por esa capacidad, no es un criterio tan malo.
En Estados Unidos, esto lo han entendido perfectamente los republicanos. Son unos maestros en dorar la ideologÃa. Obama se ha estrellado contra eso. La personalidad en cambio depende de si tienen más o menos suerte. Los republicanos la tuvieron con Reagan. Ahora van con Palin. Ha decaÃdo. Pero esto me lo guardo ya para otro post.
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