Llevo dos dÃas de paseo por RÃo de Janeiro. Desde Barcelona, me han mandado mensajes como este: “En la tele salen imágenes terribles. ¿Qué está pasando? Dime la verdad”. Recibo esto en una parada de autobús. El cielo está medio cubierto, pero hace un poco de sol. Llueve aún a ratos, pero la gran tormenta pasó.
Si en RÃo no hubiera habido favelas construidas en laderas inestables, nadie fuera de Brasil se hubiera enterado de estas inundaciones. Se desbordó una laguna interior, se cortaron avenidas y calles, se cayeron árboles y barrios se quedaron sin electricidad. Pero sin las favelas, nada de esto merecerÃa mucho más de un breve en un periódico extranjero.
En estas fotos se ven algunas de las peores consecuencias del temporal en un barrio acomodado. Son en Cosme Velho. Hablé allà con un cantante de ópera mientras miraba cómo desbrozaban los árboles. El tenor habÃa cantado en el Liceo de Barcelona en los años 80. HacÃa unas semanas habÃa estado en Barcelona y a su mujer le habÃan robado el bolso, algo que no le habÃa ocurrido aquÃ. No tenÃa luz en casa por la caÃda de un árbol. “Esta calle era un rÃo”, me dijo. Pero los problemas no pasaban de esos incordios.
El polÃtico de turno también intenta dar explicaciones vestido para la ocasión:
En otras partes sà que hubo sin embargo dos particularidades especÃficas de estas inundaciones de RÃo. Los ladrones aprovecharon el caos para robar a gente que se habÃa quedado atrapada en su coche. Sale en el periódico la historia de una chica cerrada en su Fiat Palio. El agua lo habÃa bloqueado y empezaba a entrar por las ranuras de la puerta. Cuatro chicos se acercaron a ayudarla. Ella bajó la ventanilla y uno le puso un cristal roto en el cuello. Se llevaron el bolso y el móvil. RÃo no está lleno de delincuentes. Pero hay más que en otros lugares.
La otra caracterÃstica de RÃo son las favelas. Las favelas son barrios construidos en laderas. El gobierno hace la vista gorda y permite esas casas ilegales. Los interesados llegan y se construyen su casa donde pueden. Les sale gratis, no hay registro de propiedad. Como es lógico, nadie cumple con ninguna regla legal de construcción. Los polÃticos, según parece, no ponen trabas a este proceso porque es un modo de aparecer como defensores de los pobres. Dejarles vivir en favelas es evitar que sobrevivan en la calle. Salen baratos. Cuando hay grandes desgracias, vuelven a las portadas. Luego pasa lo que pasa: “La favelización se dio o se da debido a los polÃticos”, decÃa el editorial del Globo de ayer. “En el poder o en la oposición, acostumbran a asumir posturas demagógicas de defensores de los ‘pobres sin techo’. Que se quedan, entonces, en las laderas de RÃo. Cuando llega el agua, les piden que se retiren, por seguridad. Es más que irónico; es cÃnico.”
Nadie se retira a tiempo y llegan las muertes. No sólo en RÃo. En Brasil ha habido más trescientas muertes por causas naturales. Ahora, con los muertos sobre la mesa, es el momento de las medidas públicas urgentes. El gobierno vuelve a hablar de la recolocación de las familias que viven en las zonas de riesgo. Le será difÃcil acertar los lugares. La alcaldÃa tenÃa identificadas 32 zonas de peligro y estos dÃas sólo murió gente en tres de ellas. Han aparecido nuevas áreas. Habrá que revisarlas, dicen ahora.
Las soluciones son simples, pero difÃciles de llevar a cabo. El presidente del Estado de RÃo va a pedir a Lula que dicte una medida provisional para que los habitantes de las favelas en peligro puedan recibir una indemnización para que abandonen sus casas; la legislación hoy no permite pagar nada por una expropiación alguien que no tiene el tÃtulo de propiedad. Con ese dinero, podrÃan comprarse una casa de protección oficial en un barrio mucho más lejos del centro. Para eso, el problema es que las infraestructruras de comunicaciones no están aún suficientemente desarrolladas para irse a vivir tan lejos.
La noticia pasará rápido, como la reacción de los polÃticos. Los arreglos quizá lleguen esta vez. Parece improbable la inmediatez, aunque el próximo mundial y los Juegos OlÃmpicos se hagan en Brasil. Ya hay tiempo para mejorar, piensan seguro algunos brasileños.








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