ObamaWORLD

jueves 29 de abril de 2010

Goldman Sachs me merece respeto y casi admiración, pero no quiero que toquen mi dinero

Hay dos tipos de bancos. La banca comercial es la que está en la calle. Viven de nuestros depósitos; es fácil entender su modelo de negocio. El otro tipo es la banca de inversión. Son sobre todo intermediarios. Se dedican a mover el dinero entre quien lo tiene y quien lo quiere. Las empresas quieren vender títulos o acciones para conseguir más dinero y ampliar su negocio; los inversores -que suelen ser pequeñas empresas que manejan el dinero de unos pocos ricos o el dinero de mucha gente pobre junta- quieren comprar los mejores títulos o colocar sus fondos en el lugar más rentable. Los bancos de inversión están en medio de esos intercambios. Goldman Sachs es uno de esos.

Un banco de estos tiene también mucho dinero propio, con el que se dedica a invertir para conseguir más. Hay miles de maneras de mejorar el rendimiento del dinero: la bolsa, las divisas, los bonos. Unas tienen más riesgo y dan más que otras. Con la crisis reciente, se han hecho famosos los derivados. Los derivados en su origen servían para protegerse ante futuras subidas de precios en materias primas. Una compañía aérea compra futuros de petróleo -es decir, tal cantidad de petróleo a tal precio dentro de un año- para protegerse de vaivenes. Si en ese año el precio del petróleo sube, ese contrato subirá también de precio (porque compra petróleo más barato). Así, con las subidas y bajadas del petróleo, esos contratos suben y bajan de valor. En seguida se vio que con la compraventa de esos contratos podía hacerse dinero.

El sector ha crecido y crecido en pocas décadas. En seguida se dieron cuenta que las apuestas no tienen por qué estar siempre ligadas a algo real como una materia prima. Puede apostarse por lo que sea, porque las acciones de tal mercado subirán o que las empresas tecnológicas irán mal. Es en suma un modo de repartir riesgo: uno puede tener acciones de empresas tecnológicas y a la vez apostar algo a que irán mal; reduce sus posibles pérdidas. Goldman jugó a esto en el mercado hipotecario. Tenía mucho dinero colocado ahí. En 2004, algunos de sus empleados -hoy venerados dentro de la firma y odiados fuera- olieron que aquello acabaría mal. Ahora todo parece muy fácil de ver, pero en 2004, la gente decía que las casas nunca bajaban de valor y se daban sin miramientos hipotecas a clientes insolventes.

Así Goldman empezó a vender productos referenciados con hipotecas de riesgo a clientes que creían que eso duraría siempre y que no iba a reventar. Goldman se quedaba con la otra parte de la apuesta. Si las hipotecas no fallaban, el cliente ganaba. Si fallaban, Goldman cobraba del cliente. Durante los dos primeros años, Goldman perdía y pagaba. Pero a partir de 2006, esta oscura parte del segmento hipotecario de Goldman se convirtió en una mina de oro. Las hipotecas empezaron a quebrar. El dinero que Goldman perdía con sus inversiones a largo plazo, lo recuperaba con creces con estos productos. Todos los fondos y empresas que habían apostado por la solidez del mercado hipotecario debían pagar.

Este mercado no estaba regulado. Ninguna autoridad había garantizado que esas apuestas se hacían con fondos. Llegó 2008 y el pánico. Estos productos -un tipo de derivados complejísimo- estaba muy extendido, pero nadie sabía quién tenía más. Casi nadie podía pagar. Todo el mundo quería deshacerse de algo que ya nadie quería comprar. Tonto el último. La gran bancarrota fue la de AIG, que se quedó con un montón de esos papeles en la mano. Muchos de los dólares de contribuyentes que fueron a salvar a AIG acabaron en Goldman, claro. Les debían mucho dinero.

¿De qué se acusa a Goldman? De poner en el mercado productos tóxicos a sabiendas que iban a quebrar. ¿Cómo se defienden? Nadie es tan listo como para saber entonces que todo esto se iba al garete. Goldman dice que vendió sus productos a inversores sofisticados que querían precisamente ese tipo de riesgo. Las consecuencias han sido catastróficas: si el gobierno americano no hubiera intervenido, hubieran derrumbado el sistema financiero del país. La paradoja es que el único posible delito es que ocultaran información que sabían. Pero los empleados de Goldman dirán siempre que no estaban seguros, que “no son tan listos”, como ha dicho su presidente. Ellos solo se protegían contra la inestabilidad del mercado. A pesar de algún correo donde se dice que esos productos son “basura”, poco más se puede demostrar. Sólo hay una cosa probable: fueron cínicos y tuvieron pocos escrúpulos (no fueran los únicos en Wall Street; Deutsche Bank y otros también apostaban contra productos que vendían). Pero eso no es delito en las finanzas. Es un mérito. Con las reglas de ese juego, hay que premiarlo con grandes sueldos. Un ex trabajador de Goldman, Tetsuya Ishikawa, que ha escrito una novela no traducida sobre la crisis, ha dicho: “Herimos a otros en nuestra lucha por la supervivencia”.

El problema ahora para Goldman es precisamente ese: han sobrevivido a costa de otros. Los clientes confiaban en la banca de inversión. Les recomendaban dónde poner el dinero. Ya nadie se fiará. Quien lo haga será muy tonto. Pronto el gobierno regulará todo este desbarajuste. Cuando se apruebe la ley, contaré qué hace.

De momento, los espabilados de Goldman Sachs merecen más respeto. Tenían a los mejores empleados. Son una cabeza de turco en una crisis de la que no son los únicos culpables. Es lo que tienen las burbujas, que explotan.

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Comentarios Un comentario

Comentarios

  • 24.03.2011 Iñigo

    Si se mira desde el prima de la legislación financiera pues sí, no hicieron algo tan malo, o no hicieron algo peor que otros.
    Pero creo que hay que trascender esa visión, porque son ‘juegos’ que pueden tener efectos devastadores en la economía real, como se ha comprobado con la crisis.
    La avaricia de esta gente se ha cobrado puestos de trabajo de gente que no llega a fin de mes.
    Eso no merece ni mi respeto ni mi admiración.

    Un saludo!

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