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viernes 14 de mayo de 2010

La única solución para Afganistán y el final de las guerras americanas

El presidente de Afganistán, Hamid Karzai, ha estado estos días en Washington. La guerra en Afganistán es desde febrero más cara que la de Irak. La prioridad ha cambiado. Los americanos esperan que les vaya igual de bien que en Irak, donde la violencia se ha reducido y las elecciones son más o menos creíbles. Es un sueño. Afganistán será mucho más difícil de estabilizar. Por tres motivos:

1. Afganistán es increíblemente pobre. La esperanza de vida en Afganistán es de 44 años. El analfabetismo supera el 70 por ciento. Apenas un 20 por ciento tiene acceso a agua potable. En dessarrollo humano, es el penúltimo país del mundo; sólo Níger es peor. La población está dispersa y la geografía es montañosa. Mover un ejército y llegar a regiones remotas es complicado y caro. Con esta base, la construcción en breve de un estado que funcione es imposible.

2. La corrupción reina. Entre la población afgana, quien no paga un impuesto revolucionario a los talibanes, paga por protección a un señor de la guerra. Cuando llega el gobierno, no llega ni la paz ni la electricidad ni el agua ni las escuelas. Llega más corrupción. “La gente está cansada de los talibanes, pero tampoco quieren policías que les estafan ni enchufados que son tan corruptos que les afectan en sus vidas”, dice un asesor de Stanley McChrystal, comandante de la OTAN en Afganistán. Aquí Dexter Filkins cuenta cómo la gente compra sentencias o jueces en los tribunales de Kabul o debe pagar para entrar en el aeropuerto.

3. Los talibanes no tienen prisa. En Afganistán hay tres facciones: el ejército de la OTAN -que, por números, el control práctico está en manos americanas-, el gobierno y los talibanes. La estrategia americana es simple: eliminar a los talibanes, implantar un gobierno estable y largarse. De estos tres pasos, los fáciles son el primero y el último. En una guerra contra los talibanes, los americanos ganan fácil -lo demostraron en 2001. El problema es mantener el poder una vez se dejan las cosas en manos de las autoridades locales. La última batalla fue en Marja, en la provincia de Helmand, bastión talibán. Consiguieron colocar un gobernador -un afgano recién llegado de Alemania- que es incapaz de hacer nada más que sobrevivir. Los talibanes esperan fuera del pueblo y procuran matar a todo el que colabora. La OTAN ofrece una seguridad momentánea que las autoridades afgnas no son capaces de mantener.

Estados Unidos tiene sólo un objetivo en Afganistán: que Al Qaeda no pueda refugiarse allí. Esto está conseguido por ahora. El problema principal es que no pueden irse de Afganistán sin dejar algo que se parezca a un gobierno estable y que no derive en guerra civil de nuevo a los dos días. Esa situación podría convertir a Afganistán de nuevo en guarida para Al Qaeda.

La guerra contra los talibanes va a seguir unos meses más. Pronto va a salir en los titulares la ciudad de Kandahar, que vio nacer a los talibanes y que ahora controlan de nuevo. Allí será la nueva ofensiva de la OTAN. El objetivo siempre es el mismo: “limpiar” la zona y traspasar el control a un gobierno local. Ahí es donde la solución se tuerce y la población queda desengañada.

El presidente Karzai sabe que así no va a lograr una paz definitiva. El único modo que tiene de conservar el poder cuando la OTAN deje de patrullar es un acuerdo con los talibanes. Hace más de un año que negocia en secreto con los talibanes en países de Oriente Medio. Tanto Karzai como los talibanes quieren que los americanos se impliquen ya públicamente en las charlas. Karzai se lo ha pedido a Obama en Washington. Es la única solución, pero Obama tiene dos reparos: la reacción de su población ante el diálogo con los talibanes y la necesidad de esperar a que el ejército arrincone más a los talibanes para que sean más débiles al negociar.

Esta estrategia de negociación tiene dos caminos: la reintegración y la reconciliación. La reintegración aspira a que los soldados rasos de los talibanes -muchos mercenarios- abandonen las armas a cambio de seguridad y algún tipo de ingreso. Es decir, comprarlos. El general McChrystal tiene miles de millones de dólares a mano para imagina maneras. El gobierno afgano debe aplicarlo. Es un camino. El otro es la reconciliación: una paz nacional con los líderes talibanes. Este el objetivo del diálogo con los talibanes. El mulá Omar ya ha dado señales de que su país no será ya un escondite para Al Qaeda. En Washington no lo ven aún claro. Va además más allá de Afganistán: Pakistán ya ha dejado claro que o participa en el trato o lo va a boicotear con detenciones de los principales talibanes -todos viven en su país y viajan con pasaporte pakistaní. India aguarda. Irán y Rusia están atentos. Sea como sea, la negociación -la reconciliación- es la única solución posible a la guerra de Afganistán.

*

Estados Unidos ha aprendido la lección de Irak y Afganistán. La contrainsurgencia es difícil y cara. Hay mejores maneras de luchar contra un enemigo difuso como Al Qaeda: apoyar al ejército local con recursos y preparadores militares para las fuerzas locales. Tiene incluso un nombre -contrainsurgencia light- y ya la aplican en Pakistán, Yemen y Somalia. En los tres países, el objetivo de Estados Unidos es que el ejército local haga la guerra por tierra y reciba apoyo logístico y por el aire (con aviones o misiles).

El secretario de Defensa ha dicho que “es improbable que repitamos una misión en la escala de Afganistán e Irak”. El problema principal es el dinero. Hace ya días que el Pentágono envía señales de cambios profundos en el ejército americano: “Tenemos que ver qué funciona. Estábamos acostumbrados a un presupuesto prácticamente ilimitado. Ya no”, ha dicho a McClatchy un funcionario militar. La crisis puede limitar también las guerras.

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    […] La única solución para Afganistán y el final de las guerras americanas. Jordi Pérez Colomé i la nova política exterior americana. Resumint; no money, no […]

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