ObamaWORLD

Viernes 25 de junio de 2010

Cómo se despide a un general, se coloca a su jefe en la vacante y todo sigue igual

La revista Rolling Stone envió a la agencia AP una copia de su reportaje sobre el general Stanley McChrystal. La revista quería conseguir así difusión de la pieza. Era el lunes. AP hizo un teletipo. En la revista sabían que había citas buenas, pero no esperaban furor. Fue falta de previsión. El equipo del general había recibido el jueves las preguntas del departamento de fact-checking de Rolling Stone. Ya habían visto que iba a ser gordo.

El mismo lunes muchos periodistas empezaron a pedir la pieza entera. McChrystal llamó esa tarde al vicepresidente Biden, que volaba desde Illinois a Washington. El general le dijo que iba a salir un artículo que no le iba a gustar. Hablaron apenas dos minutos. La conexión no era buena. Biden pidió a su equipo al colgar que le consiguieran una copia. La leyó en casa. En el reportaje, McChrystal dice: “¿Me preguntas por el vicepresidente Biden? ¿Quién es ese? ¿Biden? ¿Dijiste ‘bite me’?” (Es un juego de palabras: Biden se pronuncia parecido a “bite me”, que significa “muérdeme”, aunque en una acepción más grosera y probable en ese contexto, y que me llega por aquí, puede ser también “cómemela”.)

Mientras, en la Casa Blanca, un joven miembro del departamento de prensa, Tommy Vietor, había obtenido también una copia. La repartió. Obama ya había subido a la residencia -Obama trabaja abajo y vive arriba en la Casa Blanca. Robert Gibbs, el jefe de prensa, le subió una copia a las 8. Con el principio Obama tuvo suficiente. El reportaje empieza con una cena en París con aliados franceses a la que McChrystal le da pereza ir: “Antes me dejaría patear el culo por toda la gente de una habitación que ir a esa cena”, dice McChrystal. Obama se enfada. No tiene pinta de chillar, le preguntaron a Gibbs, ¿cómo muestra su rabia? “Si lo vierais, lo sabriais”, dijo Gibbs.

Obama convocó esa misma noche el consejo de seguridad nacional. El jefe de gabinete, Rahm Emanuel, y el asesor de Seguridad Nacional, Jim Jones (a quien en el artículo llaman “payaso”), se habían ido y volvieron. En aquella reunión ya se vio que era difícil que McChrystal se salvara.

A la mañana siguiente, el reportaje era el tema del día. El general McChrystal ya había recibido órdenes de volver desde Kabul. Durante el vuelo de catorce horas hizo llamadas para disculparse. Una fue para el senador y ex candidato presidencial John Kerry. Según Kerry, dijo: “Fue muy respetuoso y repetía las disculpas, entendía obviamente que se había equivocado y no ponía ninguna excusa”. No llamó en ningún caso para intentar aferrarse al cargo, en opinión de Kerry.

En la Casa Blanca el martes fue un día de reuniones. Obama habló con todos sus asesores políticos y con el secretario de Defensa, Robert Gates. También llamó al ex secretario de Estado Colin Powell. Obama pidió una lista de posibles sustitutos. Dijo en público que antes de tomar una decisión quería hablar con McChrystal.

Según dicen aquí, Obama se levantó el miércoles con la decisión tomada. McChrystal dejaría el cargo. El general fue primero al Pentágono a reunirse con el secretario de Defensa, Gates. Hacia las 10 llegó a la Casa Blanca. Estuvo media hora en el Despacho Oval. Al rato salió y se fue. Ya no era el encargado del futuro de los 100 mil soldados americanos en Afganistán. McChrystal había faltado al código de conducta y el mensaje para el resto del ejército debía ser claro: hay normas que no deben sobrepasarse.

Obama también había decidido que el general David Petraeus era el mejor sustituto, pero no le había ofrecido el cargo. Obama se reunió entonces con Petraeus, que aceptó a pesar “del sacrificio personal”. (En el reportaje de Hastings, la mujer de McChrystal dice que desde que en 2003 le enviaron a Irak ha visto a su marido treinta días al año.) El presidente Bush le había nombrado en 2007 general encargado de las tropas en Irak y había convertido una guerra perdida en una especie de saliza razonable. Su estrategia, según un asesor de Petraeus, fue “hacer sentir a todo el mundo más seguro, reconciliar a los que estuvieran dispuestos y matar a quien hiciera falta”.

Petraeus no es un general cualquiera. Como dicen aquí, es el más preparado desde MacArthur y el más eficaz desde Eisenhower, que fue presidente entre Truman y Kennedy, en los 50. Tras su éxito en Irak, Petraeus fue nombrado jefe del Comando Central para la región. Era por tanto el superior de McChrystal. Vivía en Tampa, Florida, donde está la sede de ese organismo. Era por tanto el jefe de McChrystal, que se encargaba sobre todo de aplicar en Afganistán las lecciones de Petraeus en Irak. La copia ha fallado y Obama recurre al original.

Parece evidente que los cambios que pueda hacer Petraeus en la estrategia serán maquillaje. La guerra en Afganistán va mal, pero la de Irak iba peor -en Afganistán en 2009 murieron 2.400 civiles; en 2007 en Irak morían 3.200 civiles al mes- y Petraeus fue capaz de darle un vuelco. Sin embargo hay diferencias que hacen difícil el calco entre los dos países.

Petraeus escribió en 2006 el manual de contrainsurgencia que se aplicó en Iraq y ahora en Afganistán. Sus criterios son bastante simples. Esto es lo que no debe hacerse: “Centrarse en matar y capturar al enemigo antes que asegurar y comprometer a la población; dirigir operaciones de gran escala como norma y concentrar las fuerzas militares en grandes bases para que estén protegidas”. Esto es lo que debe hacerse: “Concentrarse en la población, sus necesidades y seguridad, y conceder una amnistía y rehabilitación a los que quieran apoyar el nuevo gobierno”.

Todo esto es más fácil de decir que de hacer. Esta estrategia tiene enfadados en Afganistán a los soldados porque no pueden defenderse bien, a los civiles afganos por la corrupción y los talibanes no parecen ceder; junio ya es el mes más sangriento para los aliados desde el principio de la guerra con 76 muertos, 46 de ellos americanos. El único que estaba contento -y que procuró que McChrystal siguiera- fue el presidente afgano, Hamid Karzai.

Petraeus intentará cambiar el ánimo y las relaciones con la parte civil de la misión. El problema principal es el tiempo: en julio de 2011 deberían empezarse a retirar tropas. Ahora, sin embargo, Obama le debe un favor a Petraeus, que le ha cubierto las espaldas en un momento difícil. Petraeus podría pedir más tiempo. A Obama le costaría negárselo. Nadie sabe obviamente qué pasará.

De momento nada parece que vaya a cambiar mucho. La alternativa al gran esfuerzo de la guerra es la estrategia que propone el vicepresidente Biden. Para Biden, Estados Unidos debería mantener las bases militares desde donde lanzar aviones sin piloto y operaciones especiales para matar a personas determinadas. Y nada más. El gobierno afgano debería apañarse con sus recursos. Es lo que acabará pasando, pero por ahora Obama prefiere intentar lavar la cara a la guerra más larga ya que ha vivido Estados Unidos.

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