ObamaWORLD

jueves 8 de julio de 2010

Por qué Israel no tiene grandes deportistas y otras cuestiones mayores

La otra noche fui a ver la semifinal del Mundial con unos israelíes, en Tel Aviv. Me habían avisado de que iban a apoyar a Alemania. Luego se pasaron a España. Sabían de fútbol y fichajes españoles más que yo. Después del partido, charlamos un rato. Eran treintañeros normales, cada uno trabajaba en lo suyo, sin pretensiones. Dijeron estas cosas que me llamaron la atención.

Israel puede desaparecer. Lo pregunté yo cuando hablaban de la paz. “¿Creéis que Israel puede desaparecer?” “Sí, claro.” No quiero ahora descifrar si el temor del lado palestino es el mismo. Es probable, ya lo veré. Eso sólo haría aún peor las cosas. Dos sociedades que creeen que pueden desaparecer en las próximas décadas no pueden vivir tranquilas una al lado de la otra.

Su generación, decían, había sido de las peores. A finales de los 80 empezaron las intifadas. Luego, entre 1996 y 2001, los atentados terroristas: “No se podía coger un autobús sin jugarte la vida”. Esto se arregló con la construcción del muro -“el muro o la valla”, como matizaron. Han vivido pues marcados por el miedo y con la sensación de que el extranjero nadie lo entendía. (“Con todo lo que dicen las noticias por ahí, ¿por qué has venido?”, me dijo una chica nada más saber que estaba aquí de paseo.) Ahora está más tranquilo, pero su esperanza es nula.

La paz es imposible. “De aquí a 50 años, cuando viváis en paz”, dije yo. Me corrigieron: “No habrá paz ni en trescientos”. Las dificultades son insalvables. Para ellos, el problema mayor es quizá Jerusalén: quién se queda con la capital. Pero tienen la impresión de que los palestinos tienen todo el tiempo del mundo. Y ellos, no. Pasa un poco como con los americanos en Afganistán. Los afganos piensan: al final, se irán; sólo hay que tener paciencia.

La única solución que veían al conflicto es la de dos estados: uno judío y el otro árabe. Según ellos, los palestinos no lo aceptarán. La solución de un Estado secular y democrático que englobe a israelíes y palestinos les parece una trampa: hay más palestinos -y se reproducen más rápido- que los israelíes. Ahora mismo es imposible que un solo Estado para judíos y palestinos funcione. Sería el fin de Israel. No pasará.

Derechas, izquierdas y sionismo. Hablaban de quién era de derechas y quién de izquierdas. Criticaban a un periodista famoso del periódico Haaretz, Gideon Levy, de ser muy de izquierdas y, por tanto, previsible en lo que escribía. Entonces dijeron a uno de ellos: “Tú también eres de izquierdas”. Él se defendió así: “Pero yo soy sionista”. Un sionista está a favor de la existencia de un estado judío. No todos los judíos están de acuerdo; de hecho, hay muchos de izquierdas que no creen que sea necesario, o al menos no en estas condiciones. Es absurdo, dicen, tener un estado propio si debe vivir militarizado y perjudicar la imagen de los judíos en todo el mundo.

Esta es una de las grandes contradicciones aquí. Hablamos también de deportes. Les pedí quién era el mejor deportista de la historia de Israel. Dudaron un buen rato. Luego me dijeron un windsurfista. Israel apenas ha ganado medallas de oro en Juegos Olímpicos. Son siete millones de habitantes. Podrían tener tantas o más que países como Dinamarca o Uruguay. Pero no. Su selección de fútbol se clasificó para el Mundial por última vez hace 40 años. En cambio, tienen uno de los mejores ejércitos del mundo. “Es por necesidad”, aclaraban.

Es obvio que todos preferirían tener grandes deportistas y un ejército menos bueno, como pasa en España. Sobre todo esos jóvenes, que no se diferenciaban en casi nada de mí. Quizá la mayor diferencia era sus orígenes. En 1948, cuando se fundó el estado de Israel, había unos 600 mil judíos en Palestina. Ahora son cinco millones y medio -el resto de israelíes son árabes. Así que la mayoría de abuelos de todos estos jóvenes nacieron lejos, Me dijeron, entre otros, estos países: Irak, Bulgaria, Rusia, Siria, Polonia.

Tel Aviv es otro mundo. Todos vivían en Tel Aviv, aunque algunos trabajaban fuera. Pero no querían irse de allí, “Tel Aviv es como una burbuja”, decían. Acabo de llegar a Jerusalén, pero ya he podido ver que la diferencia entre Tel Aviv y Jerusalén no es como entre Barcelona y Madrid o Nueva York y Washington. Es como la que hay entre Ibiza y Roma. En Jerusalén las cosas van en serio. En Tel Aviv pretenden que no.

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He escrito este post en la terraza de un convento de la ciudad antigua de Jerusalén. Se veía esto:

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Comentarios 3 comentarios

Comentarios

  • 28.09.2011 Andrés

    Muy interesante. Gracias tío.

  • 10.11.2015 Chris

    Wow, what a wonderful film. Your Dad did that maginficently and gave me the same idea for here, lol. I kept waiting for his hair to turn grey, lol. Finally, it did. Thanks, Annette!.-= Steve s last blog .. =-.

  • 13.01.2016 Lewis

    Bien dato, varón.

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