ObamaWORLD

lunes 12 de julio de 2010

La increíble celebración del Mundial en Ramala, capital de Palestina, que además es una ciudad bastante normal

Vi la final del Mundial en una gran terraza de un colegio cristiano de Ramala, capital de la Autoridad Nacional Palestina. Éramos unas cien personas, todos palestinos menos yo. También eran, según me dijeron, “un 99 por ciento cristianos”. En Cisjordania, donde está Ramala (la otra parte de Palestina es Gaza), hay sólo un 5 por ciento de cristianos palestinos.

Pasé casi todo el partido al lado de un chaval de 18 años, alto y rechoncho, con la camiseta de España: “Soy de España y del Real Madrid desde 1998”, me dijo. ¿Por qué? “Desde que conocí a Raúl”, que es un jugador del Madrid. Su sueño era ir un día a España y llegvar a jugar con el Madrid.

Cuando marcó Iniesta, cogió el crucifijo que llevaba en el cuello y ya no lo soltó. Lo besaba. “Serán los minutos más largos de mi vida”, dijo. Al final chocamos las manos. Cuando Casillas lloraba, me dijo: “Siempre llora”. Luego, cuando Puyol y Xavi salieron con la bandera catalana, me preguntó: “¿Qué pasa con los catalanes y los españoles? En los medios siempre dicen que os peleáis y os disparáis unos a otros”. Si supiera lo que dicen los medios españoles de israelíes y palestinos.

En seguida se empezaron a oír bocinas en la calle. ¿Es por el partido? “Sí, pero les da igual que haya ganado España, sólo van con el vencedor”, aclaró. Él era el único hincha español verdaderamente original, para lo bueno y lo malo.

Salí a la calle. Como en todas partes, los coches tocaban el cláxon y la gente salía por las ventanillas y gritaba con banderas. La mayoría eran españolas, pero había algunas holandesas, brasileñas y palestinas. Lo importante era celebrar. Apenas había extranjeros por la calle. Algunos atrevidos me pedían de dónde era. Luego me felicitaban: “Mabruk!” Es de las primeras palabras en árabe que aprendo. Desde el maletero de una pick up, un niño me llamó: “¡Yo soy español, yo soy español!”. Estaba muy agitado y sudaba de alegría. Su madre era de Zaragoza, su padre, palestino; él por ahora, a los 15 años, era ambas cosas.

El centro del pueblo parecía una Cibeles en pequeño, aunque aquí los pocos policías que había iban con la metralleta en ristre.

Al poco rato nos echaron a todos con bastante amabilidad. Luego permitían la celebración desde los coches, pero obligaban a todo el mundo a sentarse dentro; nadie podía ir colgado de la ventanilla. A la una y pico, cuando ya me iba, me encontré con unos españoles que trabajaban en una ong aquí. Fuimos a casa de uno un rato más. Un chico de Santander no paraba de recibir mensajes: “En la playa la están liando”. Volvía al hotel a las tres y media, nadie ya por la calle; sólo los soldados que vigilaban el Consejo Legislativo Palestino. Los festejos habían acabado rápido.

*

A las tres y media de la madrugada, Ramala es una ciudad segura y con poca luz. Había oído lógicamente muchas historias de Palestina, la mayoría a través de los medios de comunicación. Esperaba encontrarme con una ciudad nerviosa, obsesionada con Israel. Y no. En los sitios en conflicto, cuando no hay tiros, la vida cotidiana puede llegar a ser normal. Así es en Ramala. Cogí por la mañana el autobús número 18 en Jerusalén este, con destino Ramala. Son 20 kilómetros. El minibús iba lleno de árabes, aunque por la ventanilla aún se veían judíos por las calles de unos suburbios tranquilos.

Tres kilómetros antes de Ramala está el checkpoint Qalandia, del ejército israelí. El muro o la valla que separa Cisjordania de Israel se extiende a ambos lados (sólo hay grafitis en la parte palestina). El resto parece una frontera, como la de Andorra, con coches detenidos y el maletero abierto. Aunque aquí los soldados son más puntillosos con las preguntas y van muy armados.

Pensaba que nos pararían, pero nos dejaron pasar sin más. En 45 minutos había ido de Jerusalén a Ramala como si fuera lo más normal del mundo. Se ve que los controles van a días. Más tarde, cuando fui a ver la tumba de Yaser Arafat, donde estaba su residencia -la Mukata-, un miembro de la seguridad palestina me dijo que el ejército israelí no hacía ahora controles porque “seguro que están tramando algo”. Los guardianes de estos lugares, que por todas partes son serios, aquí sólo se ponen firmes al verte, pero luego en seguida vuelven a moverse y te hablan. Así es la tumba de Arafat:

Ramala era ayer -y hoy- una ciudad normal. Me parece que eso es noticia. Se puede ver en algunas de las fotos que pongo aquí abajo. Las tiendas tienen de todo, los coches son buenos, las casas son aceptables. No es comparabale a Israel, claro, allí la renta per cápita es muy superior. Además, se nota en seguida que se ha pasado una frontera: son dos países distintos.

Así es Ramala: edificios blancos y muchos solares, un poco al tuntún:

Los coches no son ningún desastre:

En Tel Aviv me advirtieron que Ramala era la búrbuja palestina: el lugar donde menos se nota la tensión, los que más pasan de la guerra, “son un poco como nosotros”, decían en Tel Aviv. Más fiesta y menos guerra. Anoche, con el Mundial, pude comprobarlo: en Ramala tenía ganas de salir a la calle a gritar. Hay también bastantes cafés de estilo occidental. Hasta ha salido en el New York Times como capital de tendencias.

Hay pocas cosas que recuerden que Ramala no es la capital de un país normal. El conflicto sólo se intuye por los coches de Naciones Unidas y algunas pancartas sobre el derecho de los refugiados a volver o la indivisibilidad de Palestina. Poco más. Cuando alguien me abordaba por la calle no era para decirme nada de Israel, sino para preguntarme de dónde era y darme la bienvenida. Tengo la ligera impresión de que en Palestina saben que los extranjeros están más bien de su lado (y en Israel lo contrario), aunque es una percepción que debo confirmar.

Un último aspecto que denota que Palestina no es normal son los carteles que dicen que las obras se hacen con fondos del Banco Mundial, de Noruega o de la diocesis de Novara, en Italia. No sólo eso. Me alojo en un hotel -el Merryland- que me cuesta 22 euros la noche. No hay agua caliente, pero las toallas son buenísimas. Una de las dos que hay en la habitación aún tiene la etiqueta: en alemán. Incluso pone el precio: 17,95 euros. Me cuesta creer que el dueño del Merryland se haya gastado casi el precio de una noche en una toalla. Quizá se la han regalado o subvencionado. Si le veo, se lo preguntaré.

*

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Comentarios 8 comentarios

Comentarios

  • 12.07.2010 Arkaitz Mendia

    Jordi, me dan ganas de tirar los periodicos normales a la basura para informarme del follón que hay entre Israel y Palestina. Tus crónicas dan más información en una página que otros en 200. Bueno, Enric González también lo hace muy bien. Y un detalle: la policía palestina no dejaba a la gente asomarse de medio cuerpo por la ventanilla. Pues en Málaga, donde yo vivo, no tuvieron ese buen criterio. Dejaron hacer las mayores cafradas (perdón por el palabro) a la gente. Cuando ganó España a Alemania unos críos se dedicaron a torear a los coches que pasaban por la carretera con banderas españolas. A uno lo atropellaron, y creo que está muy jodido. En fin..

  • 12.07.2010 CAPRISC

    Jo, Jordi vaya lugar más insólito para ver un hecho también insólito (como es ver a España ganar un Mundial de fútbol). Enhorabuena! Brincaste con el gol de Iniesta, no?

  • 12.07.2010 Jordi Pérez Colomé

    Arkaitz,
    los periódicos cubren otras cosas. Yo, en cambio, he venido a ver qué pasa cuando Palestina no está en los titulares. Esto también es noticia: “En Ramala no pasa nada”. Son cosas complementarias. Dos policías palestinos hacían entrar a la gente en el coche, sí, sin malos modales, en la plaza al Manara. Eso no significa que 100 metros más allá, algunos volvieran a salir.

    Caprisc,
    vi el partido donde me tocó por casualidad. Todo fue insólito.
    Gracias!

  • 12.07.2010 Cenal

    Jordi, qué pasada de crónica, qué forma de celebrarlo!!!! Espero disfrutaras del partido y estés disfrutando de la normalidad de Palestina….Besotes.

  • 14.07.2010 Samuel Leillen

    Conocí a Ramallah el 7 de junio de 1967, cuando capituló. Pasé en la ciudad dos meses, en dos oportunidades distintas.
    Lamento que hoy no pueda visitarla.
    Si te interesan mis experiencias de entonces – yo era soldado israelí, estoy a tu disposición.
    Lic. Samuel Leillen, Tel Aviv

  • 27.12.2010 Moahmmed Afan

    Mi ciudad es muy bonita y tambien la gente es muy amable ….espero que algún ´día el ejercito israeli deje de jodernos !
    Gracias Jordi y aqui tienes un amigo para lo que quieras, por cierto, he subido tu pagina al facebook !

  • 07.02.2012 Elizabeth Silva Custa

    Gracias por compartir ésta hermosa nota, no te imaginas la emoción que siento al ver las imagenes de Palestina, la amo tanto… me siento muy orgullosa de tener la descendencia Palestina, nací y vivo en Chile, pero mi corazón siempre está en mi tierra amada; desde Chile estoy conetada en cuerpo alma y espíritu con la tierra santa de mi abuelo nacido en Beit Jala. Agradezco a Dios por traerme a éste mundo a través de una familia maravillosa como lo es la familia de mi madre. Dios te bendiga Jordi!!!!!!!!!!!!! mabrouk ekteer!!!!!!!!!!

  • 04.07.2015 Marcel Defranc

    Muy buena nota. En lugares tan afectados la gente tiene derecho a vivir en paz aunque sea por unas horas. Confieso que como occidental tenía mis reparos con todo lo que involucre Palestina, pero he investigado y las cosas no son íntegramente como nos las vende la propaganda estadounidense e israelita.

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