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lunes 27 de septiembre de 2010

La desbandada de altos cargos en la Casa Blanca y cómo afectará a la presidencia de Obama

Esta semana se ha sabido que dos altos cargos abandonarán la Casa Blanca en los próximos meses: Lawrence Summers y David Axelrod. Summers es el director del Consejo Económico Nacional. Junto a su equipo de unas veinte personas, se encarga de guiar las decisiones de política económica de presidente. Summers volverá a su cátedra de Harvard a final de año.

Axelrod fue el asesor político de Obama en la campaña de 2008. Ahora hace esa misma labor en la Casa Blanca. En la primavera de 2011 volverá a Chicago para estar con su familia y preparar la reelección de Obama en 2012.

El jefe de gabinete, Rahm Emanuel, también podría anunciar este mes que se va para presentarse a la alcaldía de Chicago. Antes de estos tres se fueron otros dos miembros del equipo económico: Peter Orszag, encargado del Presupuesto, y Christina Romer, directora del Consejo de Asesores Económicos (los detalles de las las diferencias entre los diferentes asesores económicos de Obama, aquí). Orszag se ha ido a un think tank y es también columnista del New York Times; Romer ha vuelto a la universidad de Berkeley, en California, donde es catedrática.

Se especula que el secretario del Tesoro, Tim Geithner, también podría abandonar pronto (si lo hiciera, Obama habría perdido a sus cuatro principales asesores económicos). El asesor de seguridad nacional, Jim Jones, ha insinuado que puede irse a final de año. El secretario de Defensa, Bob Gates, dijo que se iría probablemente en 2011. El segundo de Emanuel, Jim Messina, podría irse con Axelrod a Chicago.

Es una desbandada: en pocos más de dos años pueden abandonar los pasillos de la Casa Blanca hasta nueve personas con acceso habitual al presidente. Sin embargo, no es extraordinario. Dos años son el periodo medio que aguantan muchos asesores directos de ese nivel. El ejemplo más duro es del jefe de gabinete, Rahm Emanuel. Se levanta a las 5:15 (a las 2 quizá haya recibido un mensaje del asesor contra el terrorismo, John Brennan), a las 7:30 empieza las reuniones en la Casa Blanca. Dos horas después se reúne con Obama cinco minutos. Es la primera reunión del presidente cada día. Emanuel también tiene el último encuento del día con Obama, antes de que suba a la residencia, hacia las 18:30. El viernes por la tarde, Emanuel suele repetir: “¡Sólo dos días laborables más hasta el lunes!” Aunque sea el mejor trabajo del mundo, no es fácil de aguantar.


A Obama no le gustan los nuevos

El círculo íntimo del presidente durante estos dos años han sido cinco personas: Rahm Emanuel, los asesores Valerie Jarrett y David Axelrod, el jefe de prensa, Robert Gibbs, y el vicepresidente, Joe Biden. Son los únicos que pueden entrar en el Despacho Oval sin aviso y sumarse a cualquier reunión. De estos cinco, dos abandonan.

Axelrod dice que David Plouffe, jefe de la campaña de 2008, se incorporará a la Casa Blanca como asesor antes de que él se vaya; además, si Plouffe no sustituye directamente a Axelrod, podría hacerlo Gibbs -a quien a su vez podría reemplazarle Bill Burton, su segundo. La mayoría de nombres que suenan para sustituir a Emanuel están ya en la Casa Blanca. Pete Rouse -que fue jefe de gabinete de Obama cuando era senador- parece el más destacado.

Si hay que hacer caso a lo que dicen aquí, Obama escogerá de jefe de gabinete a alguien que conozca bien: “A Obama no le gusta la gente nueva”. Esta posibilidad ha hecho que le acusen de “insularidad”, de aislarse de otras opiniones.

No parece que Obama vaya a hacer grandes cambios de rumbo. Los dos economistas que ya ocupan los puestos de los que se fueron primero -Orszag y Romer- son Jack Lew, que se encargó de los presupuestos en los últimos años de Clinton y ahora estaba en el Departamento de Estado, y Austan Goolsbee, que conoce a Obama desde sus años en Chicago. No son apuestas arriesgadas ni desconocidas.

La gran pregunta es si esta insularidad afecta la presidencia de Obama. Es una teoría poco precisa. Por dos motivos:

1. Nunca están todos de acuerdo. Dicen los críticos que si Obama confía sólo en un círculo cerrado, es más difícil que le lleguen propuestas arriesgadas y variadas. Es poc convincente. Primero, porque los asesores de Obama, incluso los más íntimos, no están siempre todos de acuerdo. Segundo, porque Franklin D. Roosevelt tenía seis asesores en los años 30. Truman, después de la segunda guerra mundial, tenía doce. En la Casa Blanca de Obama hay más de cien personas que llevan en su título “asesor del presidente” en tal materia. Aunque el círculo más cercano a Obama sea de cinco, las voces discordantes pueden hacerse oír. Por ejemplo, Emanuel y Biden querían retrasar el debate de la reforma sanitaria hasta más entrada la presidencia y no enviar más tropas a Afganistán. Perdieron ambos debates.

2. El peligro de Washington. Obama llegó a la Casa Blanca con la promesa de cambio. Sin embargo, recurrió a veteranos de la administración Clinton para llenar cargos importantes: John Podesta dirigió la transición, Rahm Emanuel, Larry Summers y Peter Orszag, habían ocupado altos cargos, sin olvidar a Leon Panetta o Hillary Clinton, entre otros. Creó también leyes para evitar el poder de los lobis -nadie podía trabajar en un sector del gobierno si en los dos últimos años había estado en un lobi que trataba de influir ahí-, pero aceptó que las industrias farmacéuticas o aseguradoras negociaran a puerta cerrada algunos puntos de la reforma sanitaria. Después de criticar el pork -que son los miles de favores económicos que los senadores colocan en una ley para favorecer a su estado de origen- tuvo que aceptarlo en parte para pasar leyes importantes.

Obama se debate entre ese cambiar Washington y doblegarse a lo que se ha hecho siempre para conseguir los objetivos que se propuso. ¿Qué es más importante: cumplir la promesa de asegurar a todos los americanos o la de no ceder ni un pelo ante las grandes empresas? La primera, pero es obvio que si no es sincero en la segunda, le pasará factura.

Obama se encuentra a menudo con estos problemas. Otro eslogan de su campaña tan importante como el del cambio fue el de la unión: quería trabajar con los republicanos para conseguir leyes más consensuadas. No lo ha conseguido. Ahora, una parte de sus asesores le pide que en sus discursos diga que las propuestas electorales de los republicanos son ridículas. Sin embargo, Obama insiste en criticar la forma de hacer política de Washington (“La creencia de que si tú pierdes, yo gano”) y no directamente a los republicanos.

Obama duda entre un camino u otro. Por ahora, combina los dos lo mejor que puede. Este dilema complica la crítica de la insularidad: Obama trabaja con la burbuja que es Washington aunque no quiera. Pero hay un argumento más de fondo. La presidencia de Estados Unidos es un argumento demasiado complejo como para reducir sus devaneos a la insularidad o a un cambio de percepción en una encuesta. Todo cuenta; hay mucho frentes abiertos. Por ahora, veamos qué ocurre. Los juicios y los responsables ya llegarán.

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