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martes 26 de octubre de 2010

Qué relación tienen la limpieza de petróleo en Pensacola y el dinero del contribuyente

El 4 de junio el petróleo del escape de BP en el Golfo de México llegó a las playas de Pensacola. Hasta ese día se confiaba en salvar la costa. No pudo ser y la temporada veraniega se iba al garete.

El petróleo no es un tema agradecido en Pensacola. En la oficina de turismo me atiende una señora con una sonrisa cálida. Cuando le digo que soy periodista y le pregunto por el escape, se enfría. En cada nueva pregunta mía –“¿hay algún sitio dónde pueda ver restos de petróleo?”-, me mira con suspicacia y tarda segundos en responder. El negocio del turismo en Pensacola ha sufrido, claro, me dice. Ahora ya no preocupa tanto: estamos fuera de estación y hay recompensas.

Voy a Santa Rosa, una de las playas principales de Pensacola. Hay varios kilómetros de una increíble arena blanca. Paro en un párking y paseo. Al fondo hay mucha gente en la playa. Limpian el petróleo.

Vuelvo al coche y me acerco por el otro lado, donde tienen la base de operaciones: “Estamos quitando petróleo, sí, pero sólo en la arena; el agua es segura, y la playa también”. Es evidente que es así porque aunque ellos llevan fundas en los zapatos, yo paso a su lado descalzo. Entre los dos grupos que veo, hay más de cien personas. La mayoría son negros. Luego leeré que desde hace unos días los equipos se dedican a buscar restos de chapapote de 45 a 60 centímetros bajo la arena. Hasta ahora habían hurgado sólo a 15.

Este es el otro grupo de trabajo, más numeroso.

En el aparcamiento me encuentro a una pareja de Carolina del Norte. Están aquí una semana de vacaciones. Me preguntan si soy local. Quieren saber “qué hacen esos vestidos de astronautas”.

-Buscan petróleo –digo.

-¿Petróleo? Lo que hacen es malgastar el dinero del contribuyente –dice él.

-Paga BP –le digo.

-De eso me quejo, una empresa es también contribuyente.

No sé si en muchos países alguien defendería con esta naturalidad y por ese motivo que la empresa responsable de un desastre ecológico no debe financiar la reparación.

Hablo un rato más con el señor de Carolina del Norte. Vivió once años en Yantai, en la provincia de Shandong, China. Trabajaba en una multinacional americana del acero, Timken. Habla de su empresa con orgullo –su mujer también: “Hacemos unas piezas minúsculas para misiles”. ¿Americanos? “Claro, claro”.

Le digo con simpatía, sin embargo, que empresas como la suya se han dedicado a llevar puestos de trabajo de Estados Unidos a China. Dice: “No había otra manera de hacerlo”. Allí hacen molinos de viento para el mar. Insisto y le digo que el presidente Obama quiere que todo eso se haga en Estados Unidos: “Es que no hay manera de hacerlo aquí. Es demasiado caro”. Lo dice resignado, al contrario que el comentario sobre contribuyentes, más cortante.

El hombre defiende aún a su empresa con otro argumento: “Tiene plantas por todo el mundo, también aquí”. La mujer le ayuda: “Hace más de cien años que existe”, como si quisiera decir que ya ha contribuido mucho al bienestar americano.

Luego hablo por teléfono con una chica que está subcontrada por BP para medir la calidad del agua del Golfo de México. Le cuento la historia de la pareja de Carolina del Norte. Me dice: “Puede ser que sigan trabajando porque les sobra dinero de BP”. La impresión es que la playa está impecable. Cuando he pasado al lado de los trabajadores, parecía que removían la tierra para colocarla en otro lado, aunque debáin buscar a los 45 centímetros exigidos. Unos cavaban una trinchera y otros pasaban un rastrillo. El ritmo era lento y varios solo miraban. Tanta gente y tanta profundidad le parecían fuera de lugar al señor de Carolina del Norte, que estaba ya convencido de que el gobierno gasta demasiado en nimiedades. Es el célebre argumento del Tea Party. Su comentario sin venir a cuento significa que el asunto ha calado.


Dónde está el petróleo

Hace unos días hizo seis meses de la explosión de la plataforma en el Golfo de México. En julio se logró tapar el agujero. Las preguntas siguen sin respuesta.

1. Cuánto petróleo salió. Quién sabe. Está claro que ha sido el escape más grande de la historia de Estados Unidos, como dicen aquí. Otros creen que ha sido el vertido más grande de la historia.

2. Dónde está el petróleo. Hay tres posibilidades, sólo una buena. Primero, se recuperó en la superficie o se ha evaporado; esta es la buena. Segundo, sigue en el agua, pero en el fondo. Tercero, se eliminó con unos dispersantes químicos cuyas consecuencias para la vida marítima se desconocen. El gobierno ha dado esta división: la mitad se habría recuperado; el resto sigue en el agua.

3. Cómo afectará al ecosistema. La obsesión era que el petróleo no llegará a la costa. Tardó, pero llegó. Sin embargo, el esfuerzo surtió efecto. Los cenagales de Luisiana apenas se han visto afectados. Siguen desapareciendo, pero a causa del hombre, no del vertido del petróleo. El problema está en el mar. En un estudio sobre el fondo, se sacaron 78 muestras de suelo marino. En todas debería haber algún tipo de vida. Sólo había gusanos en cinco. A pesar de esto, el gobierno federal ya ha abierto casi todas las aguas a la pesca. En el momento más grave, el 37 por ciento estaba cerrado.

4. Quién pagará por todo esto. BP, sin duda, a pesar de que al señor de Carolina del Norte no le guste. Obama nombró a un encargado, Ken Feinberg, para que repartiera el dinero entre los afectados. Al ver que el gobierno pagaba las quejas, muchos vieron la opción del dinero gratis y en septiembre las peticiones pasaron de 86 mil a 169 mil (en Pensacola he visto tres vallas publicitarias de bufetes con números de teléfono gratis -1-800-OIL-SPILL para animar a la gente a pedir recompensas). Ya se han pagado casi mil millones de dólares. Luego vendrá el juicio. Una juez ya ha dicho que quiere empezar en junio del año que viene. BP quería retrasarlo hasta 2013, al menos. No le faltarán pleitos, de ong a escuelas.

Mañana voy a Alabama. Iré a la capital, Montgomery, para ver dos actos del Partido Demócrata. Ya estuve en la oficina de Nueva Orleans. Hablaré de sus ánimos electorales.

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