ObamaWORLD

martes 11 de enero de 2011

El clima de odio y la locura no son explicaciones suficientes para el tiroteo de Arizona

Jared Lee Loughner declaró ayer ante el juez. Fue su primera aparición pública desde el tiroteo del sábado. Se le acusa de cinco cargos. Si se confirma culpable, varios de esos cargos se castigan con la pena de muerte. El juez ha dicho que Loughner es “un peligro para la comunidad”. Ha vuelto a la cárcel sin fianza. La próxima comparecencia está prevista para el 24 de enero.

La congresista Gifford sigue en coma inducido en el hospital. Los médicos no se atreven a dar un pronóstico. Esto es todo lo que ha pasado hoy en relación al tiroteo de Arizona.

Los motivos que pudieron llevar al tiroteo siguen sin saberse con certeza. Pero la especulación sigue. Como ayer, las sospechas son tres: el clima de odio en el discurso político nacional, el estado mental de Loughner y la facilidad americana para comprar armas. Cada cual coge la que más le gusta. Yo prefiero la última. Hoy hablaré solo de las dos primeras.


El dudoso papel de la violencia verbal

La violencia verbal no es nueva. Tras el atentado de Oklahoma en 1995 que mató a 168 personas, el presidente Clinton dijo: “Oímos muchos gritos y voces enfadadas cuyo único objetivo es mantener a algunos tan paranoicos como sea posible y al resto molestos y preocupados unos con otros. Esparcen odio. Dan la impresión de que la violencia es aceptable”.

Obama podría dar en los próximos días un discurso parecido. Tendría motivos de sobra. Una de tantas estadísticas calcula que en noviembre seis de cada diez americanos decía que el nivel del debate político se había hecho menos cívico, un 48 por ciento más que en abril. El líder hoy del Congreso, John Boehner, dijo el año pasado que un congresista demócrata “podría ser hombre muerto” si iba a según qué parte de su distrito tras apoyar la reforma sanitaria. Los dos grandes partidos tienen argumentos de sobra para acusar al otro.

Hay además otro nivel de metáforas políticas, que todos usamos. Decimos “eliminar” o “aniquilar” a un adversario. Luego están frases más concretas, como la de Boehner. Es evidente que Boehner no quería decir eso. No hay manera de evitarlo. El congresista demócrata Robert Brady quiere presentar una propuesta de ley que convierta en crimen el uso de lenguaje o símbolos que puedan parecer amenazantes contra un funcionario federal.

No solucionará nada. Quizá al contrario. Aquí dan esta magnífica cita de un ensayo de 1995: “El vocabulario del odio es tan rico como el diccionario, y todo lo que se hace con la prohibición de ese lenguaje usado por cretinos es dejarles decidir lo que el resto podemos decir”. Cada cual es responsable de sus palabras. Estados Unidos defiende a rajatabla la libertad de expresión y todo lo que cualquiera pueda decir. Si a los americanos no les gusta lo que dicen sus políticos, deben dejar de votarles. No hay más remedios.

Todo eso no quita que un contexto cargado pueda influir en la mente de algunos. Quizá haya razones psicológicas que lo apoyen. Pero por ahora es indemostrable en el caso de Loughner, que es el único responsable de sus actos. Además, acaba de saberse que está registrado como independiente desde 2006 y en 2010 no votó.

Darle vueltas al clima político es interesante; siempre es bueno que políticos y personajes públicos den una imagen de cortesía. Pero no es indispensable para evitar matanzas. No hay que olvidar que la mentira o la exageración también es violencia. Por mucha calma que se pida, como ha pasado otras veces, el tiroteo se olvidará y las palabras subirán de tono de nuevo.


La posible locura de Loughner

Ayer salió mucha información sobre la vida y gustos de Jared Loughner. Es interesante, pero no se puede concluir de las lecturas o gustos de alguien actos como el tiroteo. La pieza que aportó más fue esta entrevista con Bryce Tierney, que pasaba por ser el mejor amigo del presunto pistolero. Loughner le llamó la noche del viernes al sábado, a las 2, pocas horas antes del tiroteo. Tierney miraba la tele y no respondió. Loughner dejó un mensaje: “Hola tío, soy Jared. Tú y yo hemos pasado buenos momentos. Que vaya bien [Peace out]. Hasta luego”.

A la mañana siguiente, cuando Tierney se enteró de lo que había ocurrido con Giffords, pensó en seguida en Loughner. Sin ser una obsesión, Loughner le había hablado varias veces de la congresista de su distrito desde que en 2007 le hizo una pregunta en un acto público -“¿qué es el gobierno si las palabras no tienen significado?”- y ella no le contestó lo que él esperaba.

Según Tierney, Loughner se había vuelto más raro desde que había dejado las drogas y la bebida hacía unos meses. Loughner imaginaba que dominaba los “sueños lúcidos”, la creencia que uno puede controlar sus sueños y vivir en ellos, como si fuera una realidad paralela. Desde febrero Tierney apenas sabía nada de él.

Además de esta historia, han salido correos electrónicos de compañeros de la escuela. En alguno se podía leer el temor que levantaba Loughner: “Espero que pronto esté fuera de clase y no vuelva con un arma automática”.

Los indicios de problemas mentales de Loughner son muchos. En Estados Unidos, la medicina preventiva no funciona bien si no se tiene un buen seguro. Es habitual evitar revisiones para ahorrarse dinero. Los posibles problemas de salud mental de Loughner quedaron sin prevención.

Tampoco pasó a la base de datos nacional que desde 2008 -fue una medida que firmó el presidente Bush- previene a personas inestables comprar armas. Es evidente que no funciona bien. El 30 de noviembre Loughner compró una pistola semi automática en esta tienda, sin problemas. Aunque, horas antes del atentado, le negaron la venta de munición en un Walmart; no se sabe por qué. La compró en otro Walmart.

Las razones para un asesinato político son variadas y casi nunca son estrictamente políticas, como se ve en esta magnífica lista. Loughner puede ser uno más. Quizá expliquemos su acción por las voces que oía en su cabeza y nos olvidemos. Ha ocurrido otras veces. Dos apuntes interesantes para ir con cautela en explicaciones variopintas son estas: por ahora no se ha encontrado que Loughner mirara webs islamistas. Quizá hubiera saltado de la categoría “loco” a la de “terrorista”. Tampoco nadie ha destacado su gusto por los videojuegos violentos y por tanto no ha habido debate sobre su hipotético efecto perverso. Son otros ejemplos de lo variable de estas motivaciones.

Lo único que tenemos seguro son seis muertos, una docena larga de heridos y una congresista en coma. Las razones penden de un hilo. Algunos pueden ayudar a mejorar la legislación, como es el caso de la salud mental. Pero suele ser útil no hacer mucho en caliente con especulaciones. No dan para mucho.

Los hechos sí que cambian el modo en que nos organizamos. Los controles en los aeropuertos, la seguridad presidencial o el papamóvil son consecuencia de ataques como el de Loughner. Por ahora no parece claro, puede ser que los congresistas aparezcan menos en público; al menos dos ya han dicho que irán por el distrito con su arma, por si acaso.

Solo me queda hablar de las armas. La violencia verbal y la personalidad son útiles para saber mejor cómo son nuestras sociedades. Pero no dan soluciones para evitar que el tiroteo de Arizona vuelva a ocurrir. Las armas, sí, pero no me caben aquí. Es un tema fascinante. Será el post de mañana.

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Comentarios 6 comentarios

Comentarios

  • 11.01.2011 Jesus

    Los diferentes factores que se manejan, y se ponen unos como mas importantes que otros, me recuerda aquello, en las clases de matematicas, de las condiciones necesarias pero no suficientes o aquello otro de la energia sinérgica.
    Sin un arma automatica, con un cargador con 30 proyectiles, el asesino no hubiera podico cometer su crimen, sin una personalidad perturbada no hubiera planeado esa atrocidad y sin un discurso violento y reiterativo que le “mostrara” el objetivo no hubiera escogido ese.

  • 11.01.2011 Alberto Nahum

    Excelente texto, Jordi. Los enlaces son tan valiosos que he tardado casi una hora en llegar al final de tu argumentación. La complejidad de las causas y la tentación de encontrar una que nos diga: ¡ya está!

    Por eso espero tan impaciente el siguiente post.

  • 11.01.2011 rojobilbao

    La madre Teresa de Calcuta con un Kalashnikov no mataría. Jack el destripador con un cuchillo de untar mantequilla (exagero, una licencia) sí.

    El cerebro, la educación, los valores son la clave.

    Si a alguien al que le falta de todo lo anterior (o lo tiene distorsionado) le das un arma; HUYE LEJOS.

  • 11.01.2011 Jordi Pérez Colomé

    Rojobilbao,

    entonces, mejor no dársela, ¿no? Sobre esto escribo ahora mismo.

  • 12.01.2011 NARMER

    Desde luego el clima político en USA debe ser irrespirable: ¡incluso le acaban de echar la culpa de una sangrienta matanza realizada por un perturbado, a un partido que no tiene la culpa de nada!

    Tiene gracia esto del irrespirable clima político en la era de Obama: por lo visto el aire durante la demonización de la era de Bush era limpio y cristalino…

  • 12.01.2011 pol

    mmm?

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