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miércoles 6 de abril de 2011

El presente de Yemen es complicado; el futuro, peor

El 23 de enero hubo la primera manifestación en Yemen. Fue antes de que empezaran en Egipto y no parece que vayan a terminar pronto. En estas semanas han muerto más de cien personas y hay miles de heridos. Las peticiones de los manifestantes se basan en una: el presidente Ali Abdulá Saleh debe irse y nadie de su gobierno debe reemplazarle.

El presidente ha probado ya todos los recursos del autócrata en peligro: cambiar el gobierno, decir que se irá al final del mandato en 2013, prometer elecciones limpias, matar a 52 personas en un solo día (el 18 de marzo). Ningún recurso ha funcionado. La gente sigue en la calle.

Hace tres días el Consejo de Cooperación del Golfo propuso negociaciones en Riad, Arabia Saudí, sin fecha concreta. El gobierno las ha aceptado. A Estados Unidos le parecen bien. El general Ali Mohsen, que abandonó a Saleh hace unos días y se llevó buena parte del ejército, también acepta. Pero la oposición organizada en partidos políticos espera más detalles y los jóvenes que protestan las rechazan: no se negocia hasta que el presidente se vaya. Las charlas no sacarán a la gente de la calle.

El lunes murieron 15 personas en Taiz. Cada vez hay más nervios; ayer hubo una marcha por el centro de Saná, algo que hacía un mes que no se veía. La situación se ha enrocado tanto que incluso Estados Unidos ha empezado a ver que debe dejar caer a Saleh. Esta novedad es importante. Estados Unidos no puede hacer dimitir a Saleh, pero puede presionar. El proceso no será sencillo.


Qué quiere Estados Unidos de Yemen

Estados Unidos tiene un problema con Yemen: Al Qaeda tiene allí su sede más activa. Según el director del Centro Nacional de Antiterrorismo, Michael Leiter, “Al Qaeda en la Península Arábiga es quizá el riesgo más significativo para el territorio americano”. En la Navidad de 2009, el terrorista Abdulmutallab intentó hacer estallar un avión Amsterdam-Detroit. Se adiestró en Yemen. En octubre, unos sobres con explosivos iban en aviones con destino a Chicago. Los mandaron desde Yemen.

Desde 2009, Estados Unidos actúa con misiles desde el mar y aviones de reconocimiento en territorio yemení. Saleh dice que los ataques son de su ejército, pero en más de una vez se ha comprobado que no: porque no disponía del armamento empleado o porque algún funcionario americano lo reconocía. La imagen del gobierno de Salen no sale beneficiada de estas acciones: en algún ataque erróneo han muerto decenas de civiles. Por otro lado, Estados Unidos entrena y arma a fuerzas especiales antiterroristas.

La administración Obama teme dos cosas: que un nuevo gobierno en Yemen no le deje actuar a sus anchas o que Yemen se convierta en un estado anárquico. En ambas, Al Qaeda tendría ventaja. Aunque ahora ya parece que ocurra. La base de la banda terrorista -según fuentes que tienen entre 100 y 200 miembros, o entre 300 y 500, o incluso varios miles; lo más probable son unos cuantos centenares- está en el sudeste, alrededor de Abián. Saleh, para protegerse tras las deserciones del ejército, ha hecho que buena parte del ejército se despliegue en Sanaa. También la fuerza antiterrorista. Las zonas rurales quedan más desguarnecidas. Por si fuera poco, la inteligencia americana ha detectado preparativos reales de un ataque terrorista.

Estos son los problemas que tiene Estados Unidos, pero Yemen y el presidente Saleh tienen otros.


Yemen tiene otros dos problemas

Al Qaeda es un problema secundario para Saleh. En parte le conviene que provoquen problemas, para que Estados Unidos tenga miedo y le apoyen. Las dos grandes preocupaciones de Saleh son el separatismo en el sur y los Houthis en el norte.

Saleh llegó al poder en 1978, nueve años después de Gadafi. Yemen era entonces dos países. Saleh en el norte y un régimen marxista en el sur. Con el final de la guerra fría, en 1990, se unieron. Cuatro años después hubo una guerra civil porque el sur se sentía despreciado. Ganó Saleh, pero el malestar en el sur no ha disminuido. Allí, pues, las protestas no son solo contra el presidente, tienen más connotaciones que pueden aprovechar cuando Saleh desaparezca.

En el norte de Yemen, en la frontera con Arabia Saudí, vive una minoría de musulmanes chiíes; se les conoce como Houthis por el nombre del clan principal. Hace años que se quejan también por sus condiciones. El problema ha provocado guerras e incluso Arabia Saudí ha llegado a bombardear la región. Los Houthis también esperan sacar ventajas del caos.


Cómo será Yemen

Como en Libia, nadie es capaz de adivinar qué pasará. Los expertos definen a Saleh como un término medio entre Gadafi y Mubarak: no está tan loco ni tan cansado. La violencia y la represión no son tan feroces, pero la esperanza de una salida rápida se diluye. Como en otros países, el primer problema es encontrar una salida aceptable para el presidente y su largo séquito. El segundo, evitar una guerra civil: hay ya enfrentamientos entre tropas leales a Saleh y al general Ali Mohsen. Hay otros protagonistas dispuestos a pelear.

Si se evita la guerra, aún quedan obstáculos. Yemen es el país árabe más pobre; más de la mitad de niños sufren desnutrición. Un 40 por ciento de sus 23 millones de habitantes son analfabetos. Un 43 por ciento tiene menos de 15 años. Menos de un 2 por ciento tiene cuenta de Facebook. Al mediodía el país se detiene para mascar qat, una especie de opio. En unos diez años, se puede quedar sin agua; entre otras cosas, porque el cultivo del qat requiere mucha. Yemen no es una plataforma para una democracia fiable.

Yemen no tiene instituciones sólidas. La revuelta la han hecho jóvenes. Pero el resultado es más probable que lo aprovechen poderes más consolidados. El juego de poderes entre tribus es complejo  y el islamismo tiene peso. El nuevo gobierno de Yemen puede ser más inestable que el de Saleh.

La crítica principal que recibe Estados Unidos es no haber previsto este momento. Las alternativas son penosas. Durante las revueltas no hay modo ya de conocer y ayudar a posibles opositores. Es demasiado tarde. Ahora Estados Unidos debe apostar por un Saleh débil o por un nuevo gobierno imprevisible. Los americanos preferirían que el vicepresidente tomara la presidencia. Es muy difícil que se admita.

La primavera árabe se encuentra en Yemen con otro país complicado. Primero fueron los maduros: Túnez y Egipto. Ahora vienen los complicados. Yemen ha demostrado que está entre los que tienen soluciones más enrevesadas. A ver por dónde sale.

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Comentarios Un comentario

Comentarios

  • 06.04.2011 NARMER

    Gracias por el artículo, Jordi. Muy clarificador.

    Todo esto de la «primavera árabe» tiene muy mala pinta. Todas esas sociedades no saben lo que es la democracia (si apenas se sabe lo que es en el sur de Europa…).

    Las sociedades de esos países supuestamente «maduros» (las que han tenido contacto exterior por medio del turismo, emigración, mass media, etc) siguen estando lo suficientemente verdes como para que, cada vez que haya elecciones, vayamos a tener que mordernos las uñas hasta ver quién gana . Recuérdese Argelia y sus elecciones en la última década del s. XX: 300.000 muertos (y esa vez ganaron la guerra los «nuestros», pero ¿y la próxima?).

    Esto va a ser muy duro. Contra el comunismo la situación fue parecida, y no fue un camino de rosas. Estas sociedades están más fanatizadas (o son más fácilmente “fanatizables”) que las latinoamericanas o asiáticas durante la “guerra fría”: historia, religión y tradición van en contra nuestra.

    Si la “guerra fría” fue la tercera guerra mundial, esto me temo que puede ser el comienzo de la cuarta.

    ¡Y pensar que puede durar lo mismo…!

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