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martes 6 de septiembre de 2011

Libia va sorprendentemente bien, pero el futuro aún es un misterio

En Trípoli nadie muere de hambre ni de tiros. De momento. Pero ya es una buena noticia. Las otras ciudades libias bajo control de la oposición viven hoy también más preocupadas por volver a la vida normal que por pelearse. Más gente de la prevista ha descolgado la foto de Gadafi y procura pasar desapercibida. Un encargado de una cárcel dice que ha soltado a la mayoría de partidarios de Gadafi: “Nos conocemos todos. No suponen ahora ningún tipo de amenaza. Se avergüenzan de salir a la calle”.

La policía ha vuelto a la calle -“solo quieren ver nuestros uniformes”-, el agua embotellada se reparte desde mezquitas y hay barrios a los que ya llega agua corriente (aunque no a todos los pisos), en los puestos de control los rebeldes son simpáticos, el primer vuelo comercial ha aterrizado en Trípoli desde Bengasi y, excepto en algunas residencias de los Gadafi, apenas ha habido saqueos. Libia no es por ahora Irak. Se nota que en Trípoli había gente que hace mucho preparaba este momento.

Hasta hoy solo hay una mancha evidente en la gestión de la oposición de las ciudades en su poder: el trato a los negros. Muchos rebeldes creen que las brigadas de Gadafi estaban formadas por mercenarios negros. Ahora los rebeldes detienen y encarcelan a negros sin pruebas de que en algún momento lucharan por Gadafi. Es más bien racismo: aquí dicen que si un libio acude a hablar en favor de algún negro detenido, le sueltan. Sin embargo, durante el conflicto, según AP, “ha habido poca evidencia creíble de matanzas o abusos sistemáticos de presos por parte de rebeldes”.

A pesar de las buenas señales, el gobierno no irá a Trípoli hasta que toda Libia esté “liberada”. No parece el mejor modo para despejar dudas sobre el temor en la capital de que les quieran mandar desde el este y dejan además un vacío de poder que puede llenar cualquiera. Según dice un diplomático occidental desde Trípoli, “[el Consejo de Transición Nacional] no da la sensación de ser suficientemente robusto como para sobrevivir un obstáculo duro”.

El fantasma de la guerra civil

La falta de autoridad y legitimidad del gobierno de transición puede llevar a la violencia con los que estén en desacuerdo. Es difícil que la guerra enfrente a dos grandes bandos definidos. Si hubiera violencia, sería más probable que pequeños grupos de resistentes se enfrentaran al régimen. Pero antes debe acabar la guerra y ver en qué queda el apoyo a Gadafi. Por lo que se ve hasta ahora los más fieles o han huido a defender los bastiones de Sirte, Beni Walid y Sabha, o eran más bien pocos. Habrá que esperar aún unos días para ver si estas últimas ciudades se rinden sin batalla o el conflicto se alarga sin fin.

También pueden surgir disputas entre los vencedores. Libia es un país rico: tiene mucho petróleo (novenas reservas del mundo) y pocos habitantes (seis millones y medio). Por poco tiempo que alguien controle los recursos, puede hacerse muy rico. El reparto de las cuotas de poder será clave; hay que contar no solo individuos, también tribus.

También será importante el futuro papel de los miembros que tuvieron cargos con Gadafi. El equilibrio será difícil. Nadie quiere repetir el fracaso de Irak, donde se desmanteló el antiguo régimen y se dejó a mucha gente capaz en la calle y con ganas de venganza. Las transiciones requieren concesiones.

Por si estos fueran pocos retos, en 8 meses (que no se sabe cuándo empezarán a contar), Libia deberá tener un nuevo Parlamento que prepare una nueva Constitución y convocar elecciones legislativas y presidenciales en 18 meses. Un país serio y democrático no se consigue de la nada y sin tradición. Pero habrá que esperar que se convierta en algo aceptable. Será un proceso lento, confuso y decepcionante. A corto plazo, lo más importante es que sea al menos pacífico.

Desde Occidente, solo una preocupación

Además de todas estas dificultades libias, desde el extranjero solo estaremos atentos a si Libia se convertirá en una teocracia islámica. Libia tiene una gran tradición jihadista. Ha enviado combatientes a Afganistán e Irak (aunque, según dicen aquí, la mayoría de libios son nacionalistas y liberales). Gadafi se encargó de lidiar con muchos radicales. Pero algunos siguen vivos y han luchado por la revolución.

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El más famoso es Abdel Hakim Belhaj, de 42 años, comandante rebelde en Trípoli. En los años 80 Belhaj fue a Afganistán a luchar contra los soviéticos. Cuando volvió a Libia fundó el Grupo Combatiente Islámico de Libia, que Estados Unidos vincula a Al Qaeda. Belhaj repite que su única preocupación es Libia, nada que ver con Al Qaeda.

Pero el régimen de Gadafi les pilló y huyó al exilio a finales de los 90. En 2004, en el aeropuerto de Kuala Lumpur (Malasia), la CIA le cazó. Le llevaron a Tailandia y de allí a Libia, donde pasó seis años en la cárcel. Se unió a la revuelta en las montañas Nafusa, al oeste. En seguida ascendió: era de los pocos con experiencia militar real. Ahora, ya en Trípoli, le han elegido comandante de la capital.

Belhaj dice que está agradecido a la OTAN por ayudarles a acabar con Gadafi y que “la revolución del 17 de febrero es la revolución del pueblo libio y nadie puede apropiársela, ni secularistas ni islamistas; el pueblo libio tiene distintas opiniones y todas deben estar involucradas y ser respetadas”.

¿Es sincero? Ya se verá. De momento tiene nerviosos a sus aliados de ahora en Washington y a sus antiguos aliados islamistas, que en chats jihadistas están preocupados por las declaraciones moderadas de Belhaj. Para el nuevo régimen libio, es mejor tener a alguien como Belhaj implicado en el proyecto desde dentro que enfadado desde fuera.

Por ahora, ninguno de estas amenazas es inminente. Libia da razones para ser optimista, como dice esta periodista que ha pasado dos semanas allí. Hay otros motivos por los que puede acabar bien.

De las tres revueltas árabes que han hecho huir al presidente -Túnez, Egipto y Libia-, los libios son los que lo tienen mejor para salir adelante. Una guerra es siempre mala, pero es el método más eficaz para que los viejos privilegiados desaparezcan. En Túnez y Egipto el ejército y la seguridad son casi los mismos que eran; solo desapareció una familia. En Libia, la renovación será más general.

Al contrario que Túnez y Egipto, Libia es rica. Esto puede acarrerar corrupciones, pero bien llevado es una suerte. Además del petróleo tiene opciones para sacar recursos del turismo, casi sin explotar. Conozco a dos personas que han ido. Dicen que es un país extraordinario, con grandes ruinas romanas. Espero comprobarlo pronto (aunque antes iré al Líbano, a fin de mes; ya daré los detalles y los motivos).

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Comentarios 4 comentarios

Comentarios

  • 06.09.2011 octopusmagnificens

    Egipto es muchísimo más rico que Libia. Según las cifras del FMI para 2010, el producto interior bruto de Egipto fue de 218.466 millones de dólares, y el de Libia de 77.912. Libia sí es más rica que Túnez, que sumó 43.863.

  • 06.09.2011 Jordi Pérez Colomé

    Cierto, pero en Egipto hay 80 millones de personas a repartir.

  • 06.09.2011 Jesús M. Pérez

    Albania, Siria, Libia… tienen magníficas ruinas romanas desconocidas para las masas de turistas. De Libia destacaría Leptis Magna.

    ¿Qué papel ocuparán en la nueva Libia antiguos miembros del régime gadafista? Eso ya lo estamos viendo. Muchos “cuadros” de los rebeldes formaban parte del régimen.

  • 06.09.2011 Jordi Pérez Colomé

    Jesús,

    Sí, pero esos arriesgaron un poco más. Se fueron cuando empezaba la revuelta, igual que algunos embajadores. Ahora hay que decidir cuántos de los que apostaron por Gadafi hasta el final, sirven para la nueva etapa.

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