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domingo 18 de septiembre de 2011

Los tres problemas para la unidad de Libia

Esta semana se reúnen líderes de todo el mundo en la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York. Habrá tres grandes noticias: primero, el hipotético nuevo estado palestino; segundo, la nueva Libia se estrena en Naciones Unidas en el asiento de la Libia de Gadafi; tercero, las reuniones en los pasillos y las posibles menciones de los tres países de las revueltas árabes que aún siguen en conflicto, Siria, Yemen y Bahráin.

En el último post hablé de Palestina. Los discursos del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y del presidente palestino, Mahmud Abbas, son el viernes. Volveré al asunto. Hoy hablaré de cómo sigue la transición libia y de los tres grandes peligros para el futuro del nuevo gobierno. Es aún temprano para decir nada seguro, pero se puede ver por dónde pueden llegar los problemas. Primero, en las divisiones regionales; segundo, por las diferencias religiosas y políticas, y tercero, por el trato a los que estuvieron al lado de Gadafi.


Un país de provincias y tribus

Los miembros del Consejo de Transición Nacional -el hasta ahora gobierno de la oposición- representan todas las regiones de Libia. Aunque de momento están mal repartidas: Bengasi tiene nueve miembros, mientras que Trípoli, la capital y el doble de grande, solo cinco. El Consejo debe renovar sus cargos estos días para reflejar el nuevo gobierno de Libia, casi toda ya bajo su control.

Libia se formó tras la Segunda Guerra Mundial al unir tres provincias. Las tribus y los clanes también se distribuyen geográficamente. Durante la revuelta ya hubo conflictos entre grupos. Por ejemplo, en el frente que llegó a Trípoli desde las montañas Nafusa, los árabes y bereberes tuvieron roces.

Otro ejemplo se dio en el primer ataque contra Bani Walid -uno de los últimos focos de resistencia. Un rebelde cuenta al enviado del Christian Science Monitor: “Cuando entrábamos en una casa, los rebeldes de Bani Walid decían: ‘Esta es la casa de mi primo. ¡Dejadla!’ Cuando avanzábamos, nos disparaban desde ahí”. Algunos rebeldes de otros lugares se cansaron y abandonaron el frente.

Desde Bengasi, al este, temen que como ocurrió hace décadas con Gadafi, el nuevo régimen les deje de lado. Después de explicarle a un periodista su lista de temores, un pequeño empresario de Bengasi, dice: “Perdónenos por ser un poco paranoicos por nuestra historia. Sí, hay algo de preocupación. Pero creo que desaparecerá tan pronto como la población sienta que la nueva Libia no es como la Libia de Gadafi”. En Misurata -la ciudad que sobrevivió varios días de asedio (la foto es una muestra)- tienen peticiones parecidas. Quieren recompensas en forma de poder y ventajas a cambio de su sufrimiento.

Aún es pronto para saber si el sufrimiento de Misurata o la paranoia de Bengasi crecerán. Estas divisiones pueden resurgir a la hora de repatir el poder o castigar a ex miembros del régimen. Por ahora se mantienen solo como suspicacias.


La política ahora es religión

Las principales divisiones políticas que han surgido son entre islamistas y seculares. Los dos islamistas con más presencia hoy en Libia son Abdel Hakim Belhaj, comandante militar de Trípoli, y el clérigo Ali Salabi (en la foto). Salabi dijo que el primer ministro del Consejo de Transición, Mahmud Jibril, un economista educado en Estados Unidos que colaboró con el gobierno de Gadafi, era “un secularista extremo” que quería llevar a Libia a “una nueva era de tiranía y dictadura”.

Jibril había dicho poco antes que algunos libios se dedicaban al politiqueo antes de que se redacte una Constitución. Esto sentó mal a los islamistas que, de momento, parece que controlan Trípoli. Algunos de los rebeldes mejor preparados militarmente eran islamistas, veteranos de la yihad en Afganistán. Como ocurre en Túnez y Egipto son los que están mejor organizados, porque ya existían como oposición social contra los regímenes anteriores. Salabi reconoce que formarán un partido político y que si no ganan en las urnas, “que así sea”.

El temor al islamismo es extendido en occidente. Belhaj luchó en Afganistán contra la Unión Soviética y fundó un grupo violento contra Gadafi, pero repite que renunciaron a la violencia y que ahora Libia vive otro momento, que se puede criticar a todos sin que ocurra nada. ¿Son sinceros? Hay quien cree que su cambio es sincero (y hablan ahí de “islamistas pro occidentales”) y hay quien duda. Sea como sea, parece que su poder real se limita al apoyo de un 20 por ciento de libios.

La reacción de Salabi contra Jibril podría ser no tanto por sus críticas o su educación americana, sino por su relación con Gadafi. Los islamistas están entre los que más sufrieron bajo el antiguo régimen. Abdul Fatah Yunis, ex ministro del Interior y comandante de las fuerzas especiales, que desertó y se unió a los rebeldes fue asesinado en agosto. Aunque no hay culpables, se sospecha de islamistas; quizá fue una venganza. Este es el tercer tipo de división que puede surgir entre los rebeldes.


Con Gadafi o contra Gadafi

Algunos cargos en el Consejo tuvieron su papel en el régimen de Gadafi. El presidente de la oposición, Abdul Jalil, era ministro de Justicia desde 2007. Saif al-Islam, el hijo aparentemente reformista de Gadafi, le sacó de juez respetado en Bayda -al este, su ciudad natal- para llevarle al gobierno y dar una imagen de apertura. Meses después, Abdul Jalil criticó en público al gobierno por su trato a los presos políticos.

El embajador americano del momento, en un cable de Wikileaks, dice que sus ganas de “cambiar el sistema se deben más a su conservadurismo que a su agenda reformista”. Ese respeto por el islam y la tradición libia le hacen una figura más aceptada -no habla inglés, según el embajador americano- que los que han llegado de fuera.

A principios de septiembre, los rebeldes en Misurata salieron a la calle para quejarse por el nombramiento de Albarrani Shkal como jefe de seguridad de Trípoli. Lo había sido también con Gadafi. “No seguiremos órdenes de un criminal de guerra”, según un rebelde local. A pesar de que Shkal había pasado información secreta a la oposición, se echaron para atrás.

La figura de más renombre que pudo querer cambiarse de bando fue el ministro de Exteriores de Gadafi, Musa Kusa, que desertó en marzo. No fue aceptado. Hubiera sido demasiado: a Kusa se le acusa de tener las manos muy manchadas de sangre y de irse solo cuando veía peligrar su posición. Pero muchos de los embajadores que dimitieron al principio de la revuelta en protesta, mantendrán el cargo.

El reto de Libia es conseguir aprovechar los funcionarios útiles del régimen de Gadafi y defenestrar o juzgar a los culpables reales. El delicado trabajo de reconciliación será complicado, como siempre, pero indispensable. El ejemplo malo es Irak. El rechazo a colaboradores y oficiales de Sadam Husein creó resentimiento y privó al nuevo gobierno de experiencia. Fue, como se vio luego, un desastre. En Libia se tiene presente. Habrá que ver cómo lo resuelven.

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Una versión distinta y más breve de este artículo ha sido publicada en el periódico El Observador de Uruguay.

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Comentarios Un comentario

Comentarios

  • 19.09.2011 Jaume

    Muy buen análisis de los problemas que pueden sugir en la transición democrática post Gadafi en Libia, muchas gracias!

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