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miércoles 28 de septiembre de 2011

Por qué Damasco calla ante la revuelta siria

Hoy es mi cuarto día en Damasco. No he visto nada que haga imaginar que a poco más de cien kilómetros de aquí, el ejército ataca con tanques y tropas otras ciudades de Siria. Las calles de la capital están tranquilas, la gente llena los bares, no hay una presencia policial especial (al menos en uniforme) y los pocos soldados que he visto parecían de permiso e iban sin armas. Aquí hay algunos ejemplos de esta calma. Una terraza del zoco Sarouja llena de jóvenes:

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Una plaza cerca del barrio antiguo con el tráfico habitual:

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Un mercado bien surtido en un barrio del sur de Damasco:

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Una terraza de uno de los bares tradicionales más populares de la capital:

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Podría colgar otras fotos y nada habría aparentemente raro. Aunque quizá sí que haya algo sorprendente: no hay extranjeros occidentales por la calle. Uno de los mejores modos para entablar conversación es cuando me preguntan “¿qué haces aquí?” Eso prueba que todos saben que algo grande ocurre. Sus reacciones dan claves para entender qué pasa en Damasco. Solo hay que preguntar un poco.

El presidente Asad es muy muy bueno y hasta guapo

Hay dos tipos de personas que apoyan al régimen en público: quienes lo hacen por motivos políticos y los que tienen razones económicas. El apoyo político es más sólido. Son personas que hoy tienen unos privilegios o derechos que creen que perderán si el régimen cae.

Quizá el mejor ejemplo sean algunas minorías. La familia presidencial, los Asad, son alauíes, una rama musulmana chií. Junto a los cristianos son un 20 por ciento de los sirios. Otras minorías más pequeñas son kurdos o drusos. El resto, más del 70 por ciento, son suníes.

Como otras revueltas árabes, en Siria se pedía al inicio dignidad y libertades. Es imposible saber cuántos suníes pedían al principio más derechos para ellos y cuántos querían más libertad para todos. Ahora eso ya importa poco. El régimen ha jugado con la división y algo ha conseguido.

La parte más dura de la represión va a cargo de alauitas, que mandan en el ejército y forman sus mejores divisiones y la policía secreta. Los negocios del barrio cristiano de Damasco están más llenos de lo habitual de imágenes del presidente (en la foto un taxi con una pegatina de Asad). En cambio, la mayoría de soldados que han desertado son suníes. Cuando la revuelta termine, será imposible de olvidar de repente esta separación.

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Estos días he conocido a una alauí y a un cristiano de Latakia, la ciudad del norte de la que proviene también la familia Asad. La chica alauí fue cauta al principio. Cuando le pregunté si era suní, dijo: “¿Qué más da? Lo que importa es que soy siria”. Los dos llamaban a la revuelta siria “esta situación” o “estos problemas”.

Su discurso es calcado al del gobierno: los islamistas quieren tomar el poder, el ejército combate a las bandas armadas, los sirios apoyan al presidente porque “es muy muy muy bueno”, me dijo el cristiano. La chica alauí dijo incluso que le “encantaban sus discursos, tan inteligentes, y me parece hasta guapo”. Añadió ella otro argumento típico del gobierno: “¿Cómo va a cambiarlo todo ahora de golpe? Las reformas ya llegarán cuando el país esté en calma”. Asad lleva once años de presidente, dije, y ella: “Las peticiones han llegado ahora”.

¿Se les nota si saben que no dicen toda la verdad? Quién sabe qué hay en sus cabezas, pero es raro que no acepten matices. ¿Puede ser que la gente solo quiera más derechos? No. ¿Puede ser que el presidente no sea tan popular? No. Debo decir que la chica alauí dijo en un momento de la charla, rodeada de otros amigos sirios, admitió: “Bueno, esta es mi opinión”. Aceptaba que a otros no les guste tanto Asad.

Los sirios que defienden al régimen por privilegios económicos cambiarán de opinión cuando convenga. Aunque no hay reglas, es probable que sean suníes. Son personas a quienes ya les va bien y no necesitan imperiosamente un nuevo régimen; tienen más a perder que otros. Son mucho más adaptables y admiten con más facilidad que hay opciones mejores que la guerra civil (el primer grupo está dispuesto, por supuesto, a llegar hasta el final para derrotar a los enemigos).

Tras una charla breve sobre la situación y defender al presidente -de quien tienen el retrato en la pared-, pueden decir: “Pero no se irá, no, tiene el culo pegado a la poltrona”. Ahí se acaban sus deseos de cambio, que en realidad mo necesitan.

Debe quedar claro que las divisiones son difusas: hay alauíes y cristianos que apoyan la revuelta (lo que a los suníes les alegra especialmente porque demuestra que no es un grupo contra el otro, sino todos contra el régimen) y hay ricos suníes que financian a la oposición. También hay dudas razonables: en una hipotética democracia siria, es más probable que el presidente sea suní y que después de todo lo que ha ocurrido no se sienta obligado a ayudar a las minorías. Se puede temer un futuro peor.

La mayoría calla

El siguiente grupo es la mayoría silenciosa. En Damasco parecen el grupo más numeroso. No se atreven a hablar y elude el asunto, pero cuando he preguntado con insistencia, acaban por decir en susurros: “El presidente debería irse”. Hablo con un joven moderno, del norte del país, que habla un inglés magnífico y va con gafas de sol de moda.

Procura evitar mis preguntas, mira a los lados antes de responder, procura que haya alguien delante que evite mis intromisiones. Es capaz de decir que tras seis meses el conflicto “le aburre”, pero también reconoce que es mejor que gane la revuelta.

Un activista me cuenta que cuando vuelve de las protestas de los viernes, algunos amigos le dicen: “¿Qué tal? ¡Cuéntanos cómo ha ido!” Si les dice que la próxima semana vayan, se excusan: “Cuando ganen, besaré las botas de los soldados que han desertado”. Aunque quizá ese día no llegue nunca. Los motivos de esta actitud son variados, pero humanos: todos suelen tener relación con el miedo.

Es imposible de saber los porcentajes de población que representa cada grupo. Aquí dicen, en un sondeo poco fiable, que más del 80 por ciento de sirios quieren el final del régimen. Puede ser, pero las encuestas están prohibidas en Siria y se hicieron cara a cara. Es probable que se evitaran las zonas que apoyan al presidente.

Los activistas se juegan la piel

Siria es sin duda la revuelta árabe más salvaje -han muerto más de tres mil personas y hay miles de desaparecidos-, al nivel de la guerra de Libia. Salir a la calle a pedir el final del régimen es jugarse la vida. Para las protestas en el centro de Damasco, el día clave fue a finales de abril. Una manifestación de decenas de miles avanzaba desde los suburbios hacia el centro. Ya dentro de la capital, empezaron a dispararles. Murieron varios.

Fue la prueba de que el régimen iba en serio. Consiguió callar, al menos hasta ahora, a la capital. Hay protestas en algunas mezquitas los viernes, pero duran minutos. Damasco es aún una de las claves. Los activistas son los que más lamentan el silencio de la capital: “Si Damasco entera se levantara, ese mismo día se acabaría el régimen”. Por ahora, no pasará.

He hablado con dos activistas y espero hablar con más. Contaré sus motivos, temores, planes y esperanzas cuando vea a alguno más (no es fácil para ellos ni para mí; a muchos les vigilan). También en los próximos posts hablaré de qué pasa fuera de Damasco, quién puede ayudar desde el exterior y cómo puede terminar todo.

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Este viaje corre a mi cargo. Si te parece interesante, puedes hacer con el Paypal de la derecha que me resulte menos caro. Gracias, en especial a los que ya lo habéis hecho.

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