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jueves 17 de noviembre de 2011

Kuwait, Catar y la lenta primavera árabe del Golfo Pérsico

Docenas de kuwaitíes asaltaron anoche el Parlamento. Antes habían intentado marchar hacia la residencia del primer ministro, pero la policía lo impidió. El espectáculo parlamentario -en el vídeo- y los heridos que hubo hizo que la noticia corriera rápido.

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Pero hace años que en Kuwait piden lo mismo: que el primer ministro, Naser Mohamed al-Ahmad Al-Sabah, se vaya. Kuwait tiene el parlamento y la prensa más libres de las monarquías del Golfo. Pero eso no impide que Naser -nombrado a dedo por el emir- evite dar cuentas de sus presuntas fechorías.

Varios diputados de la oposición acusan al gobierno de comprar votos de 16 diputados en el Parlamento y al primer ministro de engrosar sus cuentas en el extranjero. Desde 2006, cuando fue nombrado, Naser, de 71 años, ha visto seis veces como todo el gobierno dimitía y el emir le nombraba de nuevo. Se ha convertido en un círculo vicioso. La invasión del Parlamento ayer fue un escalón más en la presión.


Solo una revuelta grave

A pesar de la corrupción y protestas, es difícil que Kuwait llegue a las manifestaciones y represión de otros países de las revueltas árabes. El emir ha pedido hoy que la seguridad se restablezca y parece que la crisis no pasará de política. Como la mayoría de sus vecinos en el Golfo, Kuwait tiene una suerte: es inmensamente rico. Bahráin es la única monarquía que vive una revuelta grave. Pero tiene una característica propia: es el único país de la región con una familia real suní y una población mayoritaria chií.

En el mundo árabe hay ocho monarquías: las seis del Golfo -Arabia Saudí, Emiratos, Kuwait, Catar, Bahráin y Omán- y dos más: Marruecos y Jordania. Solo en Bahráin ha habido protestas significativas. Hay dos motivos: antes del inicio de la primavera árabe estos países ya estaban un poco mejor en los marcadores internacionales de desarrollo humano y, segundo, un monarca tiene una relación más especial con su pueblo y tiene más opciones para disimular y echar las culpas del desastre al gobierno. Tienen una última opción para salvarse: convertirse en monarquía constitucional, que es lo que pasará en unos años. Ben Alí, Mubarak, Gadafi, Saleh, Asad no tenían esa salida.

De todos estos países, hay uno que no solo ha evitado cualquier protesta en su territorio, sino que ha sido protagonista en el resto: Catar. Hace días que quiero hablar de Catar. Su mano está de un modo u otro detrás de todos los países en los que ha habido revueltas.


Catar es especial

Catar es un país especial. Es el más rico per cápita del mundo y su crecimiento ronda el 13 por ciento en 2011 (Emiratos y Kuwait están también entre los 15 más ricos). En Catar viven 1,7 millones de personas, pero solo unos 250 mil son ciudadanos. Conocí este verano a un turco que trabajaba en un hotel de cinco estrellas de Catar. Me dijo dos cosas de Catar: los cataríes no se mezclan con los extranjeros y no para de venir gente a pedir favores o hacer negocios (a su hotel iban a menudo primeros ministros de otros países).

El ejército de Catar tiene 8.500 miembros. Está formado por gente de 21 nacionalidades, la mayoría pakistaníes. Catar sabe que su poder militar es diminuto. En 1996 invirtió en otro tipo de poder: creó Al Jazeera árabe. Los países árabes solían tener un Ministerio de Información. En la tele mandaban las series y los espectáculos. En Catar intuyeron que las noticias y los debates tenían un hueco y acertaron. Con el conflicto entre Israel y Palestina, y las guerras de Irak y Líbano se abrieron un hueco. Con la primavera árabe se ha consolidado.

Al Jazeera no hace caer gobiernos. Pero sin cadenas así la primavera árabe no se habría extendido entre países. Como todas las grandes cadenas nacionales, Al Jazeera tiene intereses muy parecidos a los del Ministerio de Exteriores de su país. ¿Qué quiere obtener Catar? Es difícil de averiguar. Los funcionarios que trabajan en Exteriores en Catar son famosos por su silencio.

Catar tiene buenos amigos entre islamistas árabes. En Túnez hay sospechas de que han financiado la campaña al partido ganador, el islamista Ennadha. Su líder, Rachid Ghanuchi, hizo su primera visita oficial tras las elecciones a Catar, y el emir catarí está invitado a la inauguración del nuevo gobierno.

En Libia, Catar ayudó con armas y soldados. Parece que gracias a la ayuda de soldados cataríes la OTAN sabía qué objetivos debía bombardear. Pero Catar también seleccionó sus receptores: el rápido ascenso del hoy comandante militar de Trípoli, Belhaj -vinculado al islamismo radical-, y del imán Salabi, está ligado al dinero catarí.

Su última víctima es Siria. La Liga Árabe difícilmente se habría movido si la diplomacia catarí no hubiera insistido. Si la maniobra tiene éxito y en algún momento el régimen de Asad se desploma, es probable que surja un gobierno suní con más simpatías hacía las monarquías del Golfo. Es obvio que Irán sería el perjudicado. Pero Catar no tiene problemas tampoco en hacer maniobras militares con los iraníes (la península de Catar está entre Arabia Saudí e Irán).

¿Qué quiere conseguir Catar con todos estos movimientos? Influencia, como es lógico. La influencia trae poder, inversiones y dinero. Catar es wahabí, como Arabia Saudí. Es un islam riguroso y es obvio que en el emirato se sienten más cómodos en el trato con gente que comparte sus mismas ideas. El líder del argelino Frente Islámico de Salvación vive en Catar; el egipcio Al Qaradawi, influyente líder en la predicación por cable, vive en Catar; Khaled Meshal, líder de Hamás, tiene casa en Catar, y desde hace meses se especula con que los talibanes abrirán ahí una oficina diplomática para negociar el futuro de Afganistán.

Pero en Catar hay también una base militar americana con 13 mil personas -no todos soldados. Varias universidades y think tanks tienen allí su sede. Al contrario que la más rigurosa Arabia Saudí, en Catar se llevan bien con los Hermanos Musulmanes, creciente fuerza en un Oriente Medio y norte de África conservador.

Cuando en Argelia, Irak, Palestina, Túnez, ha habido elecciones libres han ganado los islamistas. De aquí a diez días en Egipto también será así si nada grave ocurre. Cuando haya elecciones en Libia, igual. Catar estará en primera fila y por ahora lo consigue. ¿Hay que asustarse con Catar y tanto islamista? No. Así es la diplomacia y así se consigue influencia. Está claro que todo puede ocurrir; cuando el pueblo vota pueden ganar los comunistas, los fascistas y también los islamistas. Pero no todos los islamistas son iguales. Luego, además, hay que gobernar. No es tan fácil.

Catar ha promovido la democracia por todo Oriente Medio. Pero, ¿y en casa? En un país tan rico, los cataríes tienen poco entusiasmo por los cambios. En un sondeo reciente, la cuestión más importante en los próximos 10 años para un 82 por ciento de cataríes era “mantener el orden” o “luchar contra la inflación”. ¿Cuantos dijeron que lo más importante era “dar más voz al pueblo”? Un 13 por ciento. Aún así, el emir, sin ninguna presión popular, aunció que en 2013 dos terceras partes del consejo de la shura -un órgano consultivo- se escogerán en elecciones.

Catar evita así acusaciones de hipocresía y entra en un proceso lento y largo de transición hacia una monarquía constitucional. En el Golfo Pérsico la primavera árabe será menos movida, pero el destino será parecido.

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