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miércoles 23 de noviembre de 2011

Egipto, una revolución a medias

Hoy es el quinto día de protestas en la plaza Tahrir. Quedan solo seis para las elecciones del lunes, si se celebran. Dudar de las elecciones era inimaginable el viernes. La prensa discutía entonces de cuánto ganarían los islamistas. Ahora ya no. ¿Cómo una sucesión de hechos imprevistos ha cambiado así el futuro de un país?

El resumen es sencillo (conté los detalles en el último post): el viernes una enorme manifestación pacífica en Tahrir pedía a los militares que anunciaran plazos para dejar el poder. El sábado quedaban en la plaza doscientas personas que, según parece, reclamaban compensación por haber perdido a familiares en la revolución de febrero. La policía los echó de mala manera. La violencia creció y atrajo a gente a Tahrir, hasta hoy.

El resultado es que la manifestación de ayer fue aún mayor que el viernes. Por el camino han muerto al menos 30 personas y hay más de mil heridos. La chispa pudo ser la violencia del sábado, pero detrás hay algo más hondo. En estos meses ha habido más violencia en Egipto que el sábado y Tahrir no se ha llenado. Por algún motivo la gente ha dicho basta.


Egipto no es libre

Los egipcios echaron a su presidente, pero no tienen la sensación de vivir en un país libre. El contraste con Túnez y Libia es grande. Ayer Túnez celebró la primera sesión de su nuevo Parlamento. El nuevo presidente es un activista exiliado, Marzuki. El líder del partido islamista que ganó las elecciones volvió del exilio en Londres en enero. El antiguo régimen no ostenta poder. La economía sigue sin funcionar, pero los símbolos han cambiado.

Libia escogió ayer un gobierno nuevo, que mandará hasta las elecciones del año que viene. Pero los dirigentes del antiguo régimen están muertos, en el exilio o se enfrentan a un juicio serio.

Egipto en cambio ve cómo los juicios militares a civiles son normales, hay gente en la cárcel por criticar al ejército y el estado de excepción sigue vigente. Según Amnistía Internacional, la junta militar “ha sido responsable de un catálogo de abusos que en algunos casos supera el historial de Mubarak”. Un joven de 30 años dice aquí que “tras la revolución, no nos tomaron en serio”.

Las elecciones eran el primer paso hacia la legitimidad de este antiguo régimen que no les tomó en serio. Era la última opción de hacer algo más. A partir del lunes debían empezar a escogerse dos cámaras que se encargarán de formar un comité constitucional. Con el texto escrito, se celebrarían elecciones presidenciales. Entonces los militares se retirarían del mando. Según los cálculos de la semana pasada, sería en 2013.

Este proceso hacia un gobierno civil -lento, lleno de complicaciones y quizá de triquiñuelas- aún es posible si las elecciones se celebran. Pero se ha vuelto complicado. Los jóvenes en Tahrir no se fían del ejército -con razón. El ejército quiere conservar su cuota de poder, controlar la seguridad nacional -el famoso tratado de paz con Israel, por ejemplo- y asegurar los privilegios militares.

Estados Unidos apoya de momento al ejército, al que subvenciona cada año con 1.300 millones de dólares. Los comunicados recientes del Departamento de Estado condenaban la violencia “por ambos lados” y aplaudían los pasos dados ayer por la junta militar.

El líder de la junta, el mariscal Tantawi, ofreció ayer dos cosas para salvar su posición: celebrar elecciones presidenciales en junio de 2012 y antes hacer un referéndum y preguntar si los egiptos querían que se volvieran a los barracones. El referéndum no fue una oferta clara, pareció más una excusa.

Pero solo con la cesión de avanzar las presidenciales a junio -sea o no sincera- las protestas han conseguido más que toda negociación política o elección. Si resisten aún, quizá pueden lograr más concesiones. Ahora ya no van a dejar de protestar. Ayer anunciaron que seguirán en la plaza hasta que la junta militar pase el poder a un consejo presidencial formado por figuras respetadas.

Los jóvenes de Tahrir tampoco confían en los partidos que aspiran a seguir el ritmo de los militares. La formación política de los Hermanos Musulmanes -la más potente del país- es la más importante. En Tahrir, ahora, los Hermanos caen peor por venderse a cambio de poder que por islamistas. Aunque también puede ocurrir que la mayoría de egipcios acaben cansados de enfrentamientos entre jóvenes y militares y apoyen la moderación de los Hermanos.


¿Lo conseguirán?

El lunes la pregunta era si la protesta sería masiva. La respuesta, ayer, fue que sí. Pero hay algo en esta revolución que la distingue de febrero: la violencia. Estos días la plaza está tranquila, pero en una calle cercana, Mohamed Mahmud, hace cinco días que manifestantes y policías se lanzan piedras, cócteles molotov, balas de goma y gas lacrimógeno.

He leído varias descripciones de estos combates. Aquí dicen que “la lucha la sostienen los manifestantes, no la policía, que ahora mismo parece satisfecha con prevenir que lleguen al Ministerio del Interior”. El New York Times se pregunta también cuál es el objetivo de estar tres días unos ante otros: si la policía quisiera acabar con la ocupación de Tahrir podría entrar por otras entradas; si los manifestantes quisieran asaltar el Ministerio podrían hacerlo por otras calles, como se ve en su mapa:

La violencia del régimen es ahora el motor de convocatoria y de simpatía de los jóvenes en Tahrir. Es algo difícil de analizar y de demostrar, pero es evidente que los manifestantes tienen más a ganar de momento si no hay elecciones -para las que no están organizados- y los militares se van, que si hay elecciones y las ganan Hermanos Musulmanes y miembros del antiguo régimen.

Es una visión cínica, pero coincide con la de AP y el Financial Times, que dicen aquí y aquí que la plaza no es como la de febrero, no es para las familias y está más llena de “gente de clase baja” o “parados que no tienen nada que perder”. El Guardian sí dice que está llena de familias, pero han visto cómo “un hombre que vende nueces a una familia debe saltar atrás para dejar pasar un cadáver”.

Nada de esto significa que la policía o el ejército sean inocentes; al contrario. Solo que esta vez el consenso no parece tan redondo. Es imposible averiguar sin elecciones qué piensa la famosa mayoría silenciosa: hay de hecho opiniones para todos. Aunque unas elecciones sin libertad también pueden ser irreales.

Solo con haber llegado aquí, la revolución ya ha ganado. Hace una semana un nuevo Tahrir era impensable. Hoy hay dudas sobre la viabilidad de las elecciones. El cambio es extraordinario. Los jóvenes tienen razón al quejarse que su revolución está a medias. ¿Puede ser que la violencia sirva para fomentar la unidad?

El protagonista de la violencia por parte del régimen es la policía; el ejército podría obligarles a deponer las armas (en la foto de arriba se ve a militares entre manifestantes y policía en una de las pocas treguas). Hay algo en esa relación difícil de entender, igual que en los hechos del fin de semana. Habrá que esperar a que se revelen más intenciones. De momento, la revolución -un poco retocada- aspira a acabar lo que empezó hace nueve meses.

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Comentarios

  • 23.11.2011 Enzo Reale

    Buenas tardes, Jordi.
    El pasado septiembre publiqué en mi blog un breve análisis del estado de la llamada primavera árabe hasta ese momento.
    Para resumir mi pensamiento: estoy de acuerdo en que lo logrado hasta ahora por las revueltas mediorientales represente un punto a partir del cual no hay marcha atrás y creo que seguirán nuevas oleadas; soy menos optimista sobre las reales posibilidades de éxito de estas rebeliones y veo en lo que está pasando más bien una demostración de la resiliencia y de la adaptabilidad a las circunstancias de ciertos regímenes. Además creo que la falta de estrategia occidental, la ambiguedad y el “leading from behind” estén infuyendo negativamente sobre los acontecimientos.
    A continuación el análisis. Se titula “El fin de la primera revuelta árabe”. Está escrita en italiano pero seguro que no hay problema para ti. Saludos y gracias por este espacio.

    La fine della prima rivolta araba.
    Sulla cosiddetta primavera araba ho nutrito fin dal principio alcune perplessità, ed è anche per questo che non ne ho scritto molto. I dubbi non riguardavano certo la paura dell’ignoto cui sempre si richiamano quelli che vogliono che tutto rimanga com’è: al contrario, l’influenza della dottrina Bush sui movimenti di piazza continua a sembrarmi del tutto verosimile, coerente ed auspicabile. Piuttosto si riferivano all’esistenza stessa di una vera rivoluzione democratica in medioriente, o meglio alla possibilità che lo spirito di liberazione che aveva caratterizzato le manifestazioni delle prime settimane potesse concretizzarsi ed estendersi fino a prevalere. Sgombrato il campo da parallelismi sciocchi e anti-storici (su tutti quello con il 1989, completamente diverso nelle premesse, nello svolgimento e – adesso sarà chiaro anche ai più superficiali – nelle conclusioni), rimaneva da vedere fino a che punto l’inerzia si sarebbe mantenuta dalla parte dello spontaneismo democratico dell’inizio e quale sarebbe stata la reazione di regimi che avevano in comune tra di loro soltanto una più o meno marcata tendenza all’autoritarismo e alla repressione.
    Scrivono Agha e Malley in un recente articolo che la primavera araba è finita l’11 febbraio 2011, quando Mubarak è stato deposto. E’ anche la mia impressione. Paradossalmente, proprio nel momento in cui l’impeto anti-establishment sembrava destinato a trionfare oltre Tunisia ed Egitto, è cominciata la normalizzazione, che potremmo effettivamente chiamare controrivoluzione se solo riconoscessimo nelle ribellioni prodottesi fino a quel momento le caratteristiche di un moto rivoluzionario coerente e organizzato. Cosa della quale personalmente continuo a dubitare. La normalizzazione si è sviluppata su due fronti: il primo interno ai nuovi regimi, che sono rimasti controllati de facto da personalità vicine agli autocrati deposti o direttamente dai militari; il secondo provocato dalla reazione dei governi in carica, per nulla intenzionati a farsi abbattere da una serie di manifestazioni popolari più o meno pacifiche (Bahrein, Yemen, Siria e Libia). Da qui la violenza, l’intervento straniero e tutto quel che ne è derivato.
    Le cause di questo semi-fallimento (perché non di fallimento totale si tratta) possono essere molteplici: l’assenza di tradizione democratica, la mancanza di un’opposizione organizzata e di una leadership riconoscibile, l’eterogeneità degli ideali e delle rivendicazioni in nome dei quali il popolo si è sollevato e via dicendo. Ma secondo me c’è un fattore decisivo che rimane sempre (volutamente) fuori dalle analisi e che invece ha giocato un ruolo determinante nel ridimensionamento delle aspettative iniziali: l’ambiguità dell’occidente e l’indefinizione del suo ruolo nel contesto della ribellione mediorientale. Purtroppo la retorica sulla necessità del multilateralismo e del carattere autoctono delle rivolte, unita al rifiuto ipocrita del concetto di intervento per la democrazia (sostituito dalla nozione politicamente corretta di intervento umanitario, che non è la stessa cosa), ha creato un simulacro di politica internazionale, priva di strategia, di obiettivi e di progetto, in cui la trama di ideali ed interessi è diventata – adesso sì – assolutamente inestricabile. Prova ne sia la sconclusionata e improvvisata avventura libica, che finirà bene solo perché alla fine i regimi criminali sono comunque destinati all’insuccesso, ma che rappresenta il tipo di guerra confusa e ammantata di imprecisati propositi che tanto piace ai progressisti e ai funzionari delle Nazioni Unite. Dietro alle favole per bambini del leading from behind, del pragmatismo e della riscoperta di un realismo con finalità redentrici da parte dell’amministrazione Obama, si nasconde l’equivoco di fondo che riduce l’azione dell’occidente (e degli Stati Uniti in particolare) ad una caricatura di se stessa. Quella che i liberal salutano come la prova definitiva del superamento dell’era Bush e i neoconservatori di sinistra (o presunti tali) come la continuazione della sua dottrina, è invece un ibrido senza capo né coda che toglie legittimità a qualsiasi pretesa di stare dalla parte giusta della storia, semplicemente perché si è incapaci di riconoscere la parte giusta. La principale differenza fra l’America che piantava parlamenti in mezzo al deserto e quella che non sa bene cosa fare da grande, è che per Bush promozione della democrazia e interessi americani (occidentali) coincidevano mentre per Obama i due concetti non sono necessariamente assimilabili. Anzi, possono essere in contraddizione. Se non si capisce questo si finisce per credere davvero che Obama e Bush siano la stessa cosa, promuovano gli stessi principi, portino avanti la stessa politica. O, al contrario, che siano come il diavolo e l’acqua santa.
    Questa è, a mio avviso, la chiave di interpretazione di quel che sta succedendo al Cairo e a Washington. E’ difficile perseguire una politica di liberazione senza un ideale coerente da contrapporre alla pratica autoritaria. E’ opportunista e controproducente parlare di democrazia a Tripoli, di moderazione a Damasco e di status quo a Manama. E si rischia di fare la fine di Israele che, da modello democratico in costante lotta per la sopravvivenza, si è autodeclassato a nano politico in balia degli eventi, incapace di decidere se preferisce continuare a trattare con regimi non esplicitamente ostili o spingere, coerentemente con la propria natura, per la rinascita della cittadinanza araba anche al di fuori dei suoi confini.
    Tra tutte le opzioni sul futuro della primavera araba, la più probabile mi sembra quella che vede nelle attuali rivolte soltanto la prima ondata di un movimento di democratizzazione che si definirà nel corso dei prossimi anni, forse decenni. Ma la strada sarà ancora più tortuosa in assenza di una strategia politica che punti alla liberalizzazione delle masse arabe e contemporaneamente alla democratizzazione delle élites laiche e filo-occidentali. La congiunzione di queste due trasformazioni (epocali) rappresenterà la vera svolta per il medioriente. Purtroppo un occidente tentennante e insicuro del proprio ruolo difficilmente potrà contribuire a questo processo e dovrà accontentarsi, per dirla con Agha e Malley, di negoziare i propri margini di influenza con una classe dirigente di estrazione islamista che finirà per proporsi come il suo principale interlocutore (ed alleato). La prospettiva non è delle più stimolanti.

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