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lunes 1 de abril de 2013

Diez puntos para conocer mejor Israel

Jerusalén, Israel

Israel levanta pasiones. Se conoce mucho por unos motivos y poco por otros. Aquí hablaré de diez puntos -en dos posts; aquí está la segunda parte- todos mezclados. Algunos ya los conocía bien, otros los he aclarado mejor en los 15 días que llevo de momento aquí.

Salen asuntos polémicos. Solo los cito para destacar algún aspecto, pero los discutiré con más detalle en otros posts o en el ebook que publicaré a la vuelta: el mejor ejemplo, como es lógico, es la ocupación y los asentamientos (espero que los comentaristas sean comprensivos). Pero Israel es algo más que eso. Estos diez puntos son una introducción.

1. Es un país pequeño. Israel es pequeño en tamaño y población. Desde Tel Aviv a Metula -la ciudad más al norte de Israel- hay 200 kilómetros, poco más de 2 horas (en la imagen); desde Jerusalén a Tel Aviv hay 60 kilómetros -hay menos aún de Tel Aviv a una hipotética frontera con Cisjordania- y el único espacio amplio que tiene el país es el desierto del Néguev, al sur.

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La pequeñez geográfica se traslada bien a la ciudadana: mucha gente se conoce. Cuando he buscado a profesores, políticos o periodistas, me ha sido fácil encontrarles. Alguien tenía su teléfono en seguida. “Siempre estás a dos números de teléfono del primer ministro”, me han dicho. He tenido esa sensación.

“He visitado China 40 veces -me decía el ingeniero agrónomo Hadar Shalev. Cada vez que me preguntan por Israel y les digo que somos 6 millones, no se lo creen. Es como una ciudad allí.”

2. Hay al menos ashkenazíes y mizrajíes. En Israel el origen es importante. Una pregunta que solo me han hecho en Israel es esta (y me la han hecho dos veces): “¿Cuántas generaciones hace que tu familia vive en España?” No tengo ni idea, pero aquí es importante. Un joven catalán que acaba de mudarse a Israel me confirmó que le preguntan a menudo por su origen y apellido.

Una de las preguntas que hago en mis entrevistas es saber el pasado familiar de cada persona. Las variantes son espectaculares. Me he encontrado a familias que vinieron a Palestina con las primeras emigraciones en la década de los 80 del siglo XIX a judíos de Kerala (India).

Este detalle no es una tontería. Según su origen, los judíos se dividen en ashkenazíes -vienen del norte de Europa-, sefardíes -los que salieron expulsados de España y se repartieron por el norte de África y el sureste de Europa hasta Turquía; algunos aún hablan ladino o español antiguo- y mizrajíes -los que vienen de los países árabes al este de Israel, de Irán o más allá.

No he hablado con ningún judío en Israel que no sepa de dónde viene. Uno intentó quitarle importancia y decir que ahora eran “israelíes” porque una vez aquí es ya más normal tener padres de orígenes distintos.

¿Por qué es tan importante? Las primeras grandes oleadas de inmigrantes fueron ashkenazíes, antes de la creación del estado de Israel en 1948. Aún hoy son la elite israelí. Las grandes comunidades de judíos de países árabes llegaron en los 50. Son mizrajíes -sefardí se ha perdido por el camino- y se les tiene por menos avanzados. Su color de piel y apellido les delata.

Meir Javedanfar, un judío iraní que llegó a Israel en los 80, me contaba que su cultura está “más cerca de la árabe musulmana que de la judía ashkenazí”. Javedanfar se crió entre muecines y habla farsi como lengua materna. Muchos otros mizrahíes hablan árabe. “Si en lugar de ashkenazíes al principio hubieran venido mizrajíes -dice Javedanfar-, no habría habido tantos problemas, un judío egipcio se hubiera entendido mejor con un palestino que un alemán”.

Los ashkenazíes les tienen por menos. Es algo que tiene consecuencias sociales y políticas, hoy más diluidas pero aún vigentes. La primera victoria de la derecha en Israel -Menachem Begin en 1977- fue gracias al voto mizrají en contra de las elites izquierdistas ashkenazíes. Begin les prometió el reconocimiento que nadie más les daba. El partido ultraortodoxo Shas, por ejemplo, respresenta a judíos sefardíes. Aún hoy los ashkenazíes son de clases sociales más altas.

3. Es menos de izquierdas. Israel fue un país de izquierdas y ya no lo es. El lugar más emblemático para verlo son los kibbutz (kibbutzim en el plural hebreo). Algunos de los primeros asentamientos en Palestina antes de la creación de Israel eran kibbutz. Eran una comuna de inspiración soviética: un grupo de judíos compartía trabajo y todas las propiedades eran colectivas. Formaban pequeños pueblos de casas iguales con el objetivo añadido de fundar el estado de Israel.

Los kibbutz no solo tenían aspiraciones igualitarias, muchos se sentían el frente militar y se colocaban en lugares inhóspitos, en fronteras. Durante décadas los mejores soldados de Israel eran hijos de kibbutz. Hoy aún hay 270 kibbutz en Israel, pero sus aspiraciones son distintas, centradas en la supervivencia. Las empresas comunitarias a menudo han quebrado y los miembros han debido ir a trabajar fuera o han buscado recursos en privatizaciones.

El ideal se ha perdido. Ahora las unidades de élite tienen cada vez más soldados que proceden de los asentamientos. “¿Hay más kipás ahora en las reuniones de altos cargos militares del ejército que en los 70? Indudablemente sí”, me decía Amos Davidowicz, teniente coronel israelí y miembro del kibbutz Gezer (en la foto). Esas kipás son de religiosos nacionalistas -a menudo colonos- que no suelen votar a la izquierda.

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4. La religión es importante. Las kipás indican religión. En Israel hay cuatro grandes grupos en asuntos religiosos: secular, tradicionalista, religioso nacionalista y ultraortodoxo. Solo un grupo omite la religión de su vida. Es también el único que suele votar izquierdas. Se ha reducido en las últimas décadas.

En Israel no hay matrimonio civil ni, por supuesto gay -aunque reconoce los que se hacen en otros países. Miles de estudiantes religiosos de todas las edades -ultraortodoxos- reciben subvenciones del estado para ellos y sus instituciones.

Amir Mizroch, director de Israel Hayom, me contó esta broma: “En Israel hay un tercio de la población que sirve en el ejército, un tercio que trabaja y un tercio que paga impuestos. El problema es que es el mismo tercio”. Es una exageración, pero la crítica principal es para los ultraortodoxos, y más velada para los árabes; entre ambos grupos son un 30 por ciento de israelíes, una cifra que crece. Los ultraortodoxos ni sirven en el ejército -muchos están en contra del estado de Israel porque se ha fundado antes de la llegada del Mesías- ni trabajan luego.

No todos los ultraortodoxos son iguales. He hablado con capitanes ultraortodoxos del ejército que se esfuerzan para que la comida sea kosher y puedan seguir el sábbat para hacer que más se alisten. En las últimas elecciones el segundo partido, el recién creado Yesh Atid, logró parte de su apoyo con la promesa de obligar por ley a servir y trabajar a los ultraortodoxos. Varios seculares y algún ortodoxo me han hablado con bastante rabia -“¡les odio!”- de los ultraortodoxos.

5. La ocupación queda lejos. He hecho unas 25 entrevistas desde que llegué a Israel; la mayoría, a israelíes judíos. He preguntado siempre cuál es el mayor reto de Israel hoy. El más citado ha sido la ocupación, pero con una mayoría escasa. Para muchos israelíes, la ocupación de Cisjordania no es el gran desafío.

Es fácil y humano olvidarse. En una terraza de Tel Aviv, incluso en la comodidad de un piso en un barrio de Jerusalén, es sencillo olvidar cómo es de difícil vivir sin todos los derechos básicos en Cisjordania. Es sorprendente el número de gente con la que he hablado en Israel que no ha estado nunca en un asentamiento ni conocen, por supuesto, las dificultades cotidianas de los palestinos.

La ocupación solo causa problemas cuando sale en las noticias. Pero solo sale en las noticias cuando hay violencia. Mientras, los israelíes intentan vivir como si su país fuera normal. Hasta el siguiente sobresalto.

*

Aquí está la segunda parte con los siguientes cinco puntos.

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Comentarios 10 comentarios

Comentarios

  • 02.04.2013 Sofía

    ¡Me encanta tu blog! Saludos desde México DF.

  • 02.04.2013 kurt

    También saludos desde Uruguay!

  • 03.04.2013 LESLITA

    …Y de Pensilvania! Gracias, Jordi – he aprendido mucho y tengo ganas de leer la segunda parte.

  • 03.04.2013 Rober_MdP

    El ‘kibbutz’ que aparece en la foto ¿no os recuerda al pueblo donde vivía Ben Linus en ‘Lost’? Es que mirándolo, y sabiendo ahora el significado de los ‘kibbutz’, cobra lógica el cometido que tenía dentro de la serie ese poblado…

    ¿Qué os parece?

  • 03.04.2013 Jordi Pérez Colomé

    Rober_MDP,

    parece curioso, pero eres el segundo que me lo dice.

    Gracias por los comentarios. Saludos.

  • 03.04.2013 Martín

    Hola Jordi, el gran problema de los ultraortodoxos es que tienen en Israel un poder desmesurado, mucho mayor de la proporción de población que en realidad representan. Suelen ser las minorías más votadas y los partidos bisagra, necesarios para formar cualquier gobierno. Esto les da mucho poder y hace que, como dices, tanta gente los odie.
    Son además una especie de mafia. Viví en un kibbutz entre los 14 y los 18 años. Recuerdo que el director del tambo del kibbutz nos contaba que nuca jamás, en todos los muchos años que llevaba ocupando ese cargo, había pasado nadie a controlar el nivel de “kashrut” -de pureza según los códigos religiosos-, de la leche. Sin embargo, pagaban mensualmente el impuesto para obtener el sello que garantizaba que la leche era kosher. Y eso lo gestionan grupos ultraotodoxos.

  • 03.04.2013 Jordi Pérez Colomé

    Sí, aunque ahora no están en el gobierno. Están bastante nerviosos; a ver qué ocurre.

    Cada vez que alguien me habla del sello kosher para cualquier cosa, me recuerda el dinero que representa.

  • 04.04.2013 Jesús M. Pérez

    Fijaros en las jambas de las puertas en las casas judías. Suele haber un pequeño tubo o cajita decorado que contiene un pergamino. Se llama “mezuzah”. Y ese pergamino sólo puede ser escrito por una persona cualificada, un “escriba” (“sofer”). Los ultraortodoxos cobran por redactar ese pergamino. Yo estuve en un hotel donde cada habitación tenía su “mezuzah” en la jamba de la puerta. Así que echad números.

    Un israelí secular me contaba cómo los ingresos por redactar un “mezuzah” eran en negro, que se sumaban a las subvenciones del Estado y algún que otro ingreso no declarado.

  • 20.04.2013 BloodyKefka

    Interesante, very interesante, me gustaría remarcar algunos puntos:

    “Muchos otros mizrahíes hablan árabe. “Si en lugar de ashkenazíes al principio hubieran venido mizrajíes -dice Javedanfar-, no habría habido tantos problemas, un judío egipcio se hubiera entendido mejor con un palestino que un alemán”.”

    Juas, menuda declaración. No digo que sea violenta ni nada, pero es que lo que dice me ha parecido con bastante sentido. De hecho creo recordar que leí precisamente algo así en un artículo sobre un intelectual/investigador israelí hace años. Este comentaba al final de la entrevista que le hicieron que precisamente uno de los factores que ha contribuído al problema fue precisamente la intolerancia que venía con algunos sectores de la inmigración rusa. Aunque luego, es curioso que la derecha saliese ganando gracias a los mizrajíes.

    “Los ultraortodoxos ni sirven en el ejército -muchos están en contra del estado de Israel porque se ha fundado antes de la llegada del Mesías- ni trabajan luego.”

    Vaya, por twitter me comentastes que no eran tantos, aunque supongo que te referías al hecho de que sólo unos pocos ultra ortodoxos se relacionaban con Iran.

    Luego cosas como el punto 3, que ya conocía, pero que están muy bien explicadas.

  • 20.04.2013 BloodyKefka

    Y bueno, lo del punto 5 ya me lo imaginaba, dudo yo que la situación fuera tan así si los judíos conocieran de cerca los problemas de los palestinos. Aunque claro, eso suena un poco… manipulador. Es decir, es como si los medios omitiesen para evitar problemas ¿Tú que crees?

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